jueves, 5 de junio de 2014

El precio de la fama.

EL PRECIO DE LA FAMA.
Germán Reina.
 
Hace unos años, en un privilegiado lugar, cierto personaje, descansaba a la sombra de un viejo damasco, hasta que igual que Newton, fue golpeado por un dulce fruto. Tras el primer sobresalto, se reincorporó en su mecedora y pensó: “¿Cómo se crearían los pueblos, por qué son tan diferentes, por qué son tan distintos entre si, si apenas distan unos kilómetros de unos de otros?. Creo que crearé un pueblo e invitaré a mis conocidos a vivir en él. Aquellos que acepten tendrán su propia libertad para expresar lo que sienten, compartir sus ideas y así crear un pueblo culto, bello, en el que en cada esquina luzca una poesía, en cada rincón una fotografía y en cada puerta un mensaje de bienvenida.
Tal fue la ilusión que puso en el proyecto que se pasaba horas y horas trabajando en su sueño, todos los días, por la mañana, por la tarde e incluso de madrugada, robaba tiempo a sus seres queridos para ordenar y dirigir su gran obra.
 
Después de unos días su pequeño tomó vida, pronto adquirió gran relevancia y tuvo sus primeros habitantes, poetas, artistas, gente inquieta, gente culta, gente con ganas de aprender y muchas personas que eran felices con los números escritos que por el pueblo había. Los pueblos vecinos miraban asombrados el crecimiento del nuevo pueblo, otros muertos de envidia miraban como se expandía como la pólvora. Tal fue su magnitud, que incluso eclipso a varios vecinos que existían en los alrededores, los cuales pasado un tiempo fueron prácticamente absorbidos.
 
Al crecer tan rápido todos querían formar parte de la historia del pueblo, todos querían aportar su grano de arena. Al principio, se construyeron muchísimas ideas, de todo tipo y la gente cada vez estaba más ilusionada, todos se conocían, todos admiraban las ideas de los demás, se notaba dentro del pueblo el murmullo de la igualdad y el respeto. La música de las cosas bien echa, el trinar de ideas, que hacían del lugar un referente en la comarca.
 
Pero como todo pueblo bueno y bondadoso, pronto llegaron los que antepusieron sus intereses particulares a los generales, y quisieron aprovechar la oportunidad para hacerse notar y ganar prestigio, bien para sacar tajada politica o simplemente para satisfacer su ego. Al no conseguir sus objetivos se convirtieron en espectros “anonimatos” que trataban, cual plaga de la edad media, absorber las ideas del gentío. Sus tácticas eran simples, eran previsibles, escondidos tras unas máscaras, clavaban puñales cuales ratas de alcantarillas.
 
El creador pronto tomó cartas en el asunto, era su pueblo, su idea, su vida, prohibió las mascaras en el pueblo, pidió por activa, por pasiva y de todos los modos posibles que no enfermasen a su pueblo, cualquier sacrificio hubiese realizado por el bien de su amado pueblo.
 
La gente montaba en cólera ante los innumerables asesinos de ideas y de pensamientos, pero estos escudados en una ilógica razón, reclamaban “libertad de expresión”. Cuando su única intención era echar por tierra la labor de los verdaderos colaboradores del pueblo.
 
El fundador cada vez mas cansado, abatido por la insidia de unos pocos que hacen que muchos también desesperen, una vez mas deberá tomar cartas en el asunto, y ponerse su capa de dictador cultural y hacer saber a esas almas “inanimadas” que o se quitan las mascaras de la maldad, la hipocresía, la inmoralidad y la envidia o serán invitados a salir y decirles a esos que piden libertad anónima e irresponsable:
- "Recordad una cosa, estáis en mi casa, sois mis invitados. Recordarlo, por favor."
 
Germán Reina.
 
 
R 5/06/09

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