miércoles, 31 de julio de 2013

El verano en Bornos

EL VERANO EN BORNOS
Amanece en Bornos a mediados-finales de los setenta. Veranos calurosos sin aire acondicionado y pocos ventiladores. Sólo la sombra permitía soportar el calor asfixiante. Después de un desayuno a lo remanguillé, los chavales, entre adolescentes y maduros, unos estudiantes, otros parados o con escasas faenas en la remolacha o el algodón, se iban dirigiendo como autómatas hacia el centro de la población, no para firmar el paro o tomar un café, sino hacia el Castillo y allí todos al rebufo del frondoso Merendero que daba el fresquito necesario en esos días de verano, ayudado por la fuentecilla de los barbos de colores que permitía mojar el cogote y la frente. Allí, en ese gallinero, todo eran historias de todos los aspectos de la cultura del mundo, aunque evidentemente predominaba el fútbol y el ciclismo, pero también se hablaba de lo malo que estaba el trabajo, de los que habían emigrado y volvían unos días en verano con sus glorias y sus miserias, de Mao, Stalin Lenin, Kennedy o Hitler, de las milis de muchos con sus historias mas allá de la Curva del Calvario, de las películas que echaba el Papi en el cine de verano, de lo pajerus, que es este o el otro, de motos Guzzi, de las revistas picantes que traían los emigrantes alemanes o suizos, de todo un poco. Tanto era el murmullo que no había mujer que se atreviera a cruzar por el medio, usando el laberinto para eludir pasar ante tanta mirada, aunque fuera acompañada de su madre, aquello era el foco de la vida activa y cultural del pueblo
¿Y como cabía ahí tanta gente? Pues fácil, los bancos eran gradas con asiento en el respaldo, en el asiento y si llegabas tarde en el suelo, en el centro también. Íbamos cambiando de zona de tertulia según el tema y si al final había saturación pues a las Cuevas hasta que hubiera sitio.
A eso de mediodía unos se quedaban y otros nos íbamos con las calzonas o el Meyba camino del Lago o Pántano, a patita para abajo y para arriba, no teníamos coche ni sueño de tenerlo, caminito lleno de charla y cachondeo, a la islita y de allí, nada de estar parado, nos lo cruzábamos y luego en la otra punta un ratito de charla con Octavio o Juanito el rubio que estaba cazando conejos a la carrera, unos cuanto saltos desde la punta haciendo el ángel y para atrás procurando que la carpa que te rozara no fuera el tiburón de la película y llegáramos vivos para el gazpacho, luego parriba con to la caló y esa cuesta interminable sin respirar (para no pasar calor) hasta la fuente de los cuatro chorros (San Francisco) y allí jartarse de agua y luego cada uno pa su casa.
Nada mas acabar de comer, recoger la mesa y pal Merendero a lo mismo, charla soñolienta, Tour en la radio con Ocaña, Fuertes, Merck  y las pájaras que se cogían, luego a  media tarde pal pantano otra vez, al fresquito de las olas y cuando el sol paraba un poquito para la zomailla a echar un partidillo de fútbol, con los viejos, los niños (nosotros) y los medianos, quince contra trece según llegaban de coger remolacha, de casa o del pantano, solo había que decir con quien voy y a jugar hasta que la luz natural se iba y había que tirar para casa a peinarse un poco y reponer fuerza, luego otra vez a la calle, coño donde estaba la tele y el internet? No me acuerdo.
La noche tenia mas variedad (el castillo estaba cerrado para que las parejas no charlaran en la intimidad), según edades unos podían tomarse unas cervezas, otros a jugar en la OJE al ping pong, otros intentaban ligar en el paseo Avenida, otros al cine y para rematar la noche otra vez fútbol, en la plaza de la iglesia sin balón de curtís, solo naranjitas gorditas y muchas ganas, el pitido final lo ponía la autoridad y salíamos cada uno por una esquina y para casa hasta que amanezca que no era poco.
Los fines de semana la cosa variaba, teníamos playita, guiris, Triana o Camel, Disco de verano, baños nocturnos a la luna y como siempre poco dinero y mucha imaginación.
Bueno que me canso que ya soy mayor, otro día cuento más tonterías si es que alguien lo lee. Buen Verano y Salud para todos
CARO

4 comentarios:

Capi dijo...

Entrañable y sublime. Lo suscribo.

Carmen R. dijo...

Sí, ciertamente, era así. Qué coraje me daba a mí no poder entrar en el merendero...era el sitio más fresquito de todo el castillo y estaba vetado para niñas y chicas........yo era una cría de 13 ó 14......qué tiempos!


























Anónimo dijo...

Ya lo decía Loquillo: Yo para ser feliz quiero un camión. Desde la perspectiva que te dan los años lo entiendes ahora. Muy Bonito: lagrimilla y vello erizado.

CARO dijo...

Carmen R, no solo no podias entrar en el Merendero, sino que como no te alejaras un poquito, te caia un murmullo ronroneo que te ponia la cara colorá, es que la educación era lo primero, je je.De todas formas ahora puedes ir a la hora que quieras que no hay nadie, solo algún despistao echando foto a la niña.
salud