sábado, 29 de marzo de 2014

Una murguista historia de Bornos. Pág. 9.



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Finales del dieciséis,
Fernando Enríquez segundo,
sobrino de Per Afán
y primo de medio mundo.
Un día le dio un barrunto
y construyó otro edificio,
lo llenó de franciscanos
que tenían los pies fríos.

El convento se llamaba
San Bernardino de Siena,
pero por sus habitantes
San Francisco se le queda.
Fue el Barbi quien lo ganó
jugando un día a la escoba
y allí vende los ladrillos
que sobraron de su alcoba.

Llega el siglo diecisiete,
trae la peste atlántica
y un rayo en el convento,
no habiendo monja quemada.
Más tarde hubo otra peste,
bucólica fue nombrada.
Fue en el cuarenta y nueve
y casi a Bornos vacia.

Se acabó, pues acordaron
los jerónimos sacar
al Cristo del Capítulo
a la calle a curar.
día de san Laureano,
éste de la procesión
y al esfumarse la peste,
lo eligieron el patrón.

Pero las desgracias siguen
y en la mitad segunda
hay epidemias, terremotos
y el convento se chamusca.
Las monjas, las pobrecitas,
miedo al fuego tomaron.
Descartaron el butano
y una “vitro” se compraron.

La aristocracia bornicha,
con tan continuos disgustos,
la tenemos olvidada
y esto resulta injusto.
Mil seiscientos veinticinco
resulta trascendental,
un novio Medinaceli
Ana Enríquez se fue a echar.

José Bermúdez
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R 1 17 de abri de 2008
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