domingo, 15 de septiembre de 2013

Cartas Bornesas. 15ª.


Cartas Bornesas, Carta 15ª

Telesforo de Trueba y Cosío
Obra varia
Estudio preliminar: Salvador García Castañeda.
Servicio de Publicaciones, Universidad de Cantabria.
Santander Junio de 2001.



El sermón que ha predicado esta mañana el vicario es incomparable. Yo te aseguro que llegó el momento en que pensé salir de la iglesia, pero el temor de la interpretación que darían a mi salida me hizo permanecer hasta el fin, no sin miedo de que aquellos bárbaros, instigados por su fanatismo, llegasen a acometer alguna tropelía.


El sermón es una obra maestra en su género, por lo tanto he creído conveniente mandarte en un papel separado los apuntes que de él he hecho (1.-No están incluidos en el manuscrito), con algunas consideraciones mías; he procurado acordarme todo lo que he podido hasta de sus expresiones, pero como yo no poseo la taquigrafía, muchas cosas se le han escapado a mi memoria, dignas sin duda de felice recordación.


Aquí nos pintan lo de Tarifa como la victoria más completa que han ganado los realistas y las tropas aliadas. No hay epíteto degradante y ofensivo que no acumulen sobre las cabezas de Valdés y sus desgraciados compañeros. Dicen que la mayor parte han caído prisioneros y que luego recibirán el castigo de su delito. ¡Infelices!.


Volvamos la hoja. Ya te he dado otra vez ejemplos de lo justa que es la justicia en este pueblo. Acaba de suceder un hecho que viene en confirmación de lo mismo. Había aquí, a tomar los baños, un viejo de Jerez lleno de achaques, y empleado en el ramo de hacienda. Era el hombre más ridículo que se puede imaginar y, para complemento de sus hermosas cualidades físicas, era servil como una loma. Pensó en volver a Jerez y mandó a buscar la escolta. Todo esto estaba en razón, pero quién me había de decir que esa escolta que venía para servir a un particular seria un vejamen para el público. Esto sólo podía verse en Bornos.


Sí, amigo, los buenos alcaldes alojaron los seis soldados en las casas de seis infelices vecinos que no tenían nada que ver con que el sr. Cagatintas fuese a Jerez o no fuese. A este sr. se le antojó no salir en dos días, y podía haberse quedado.


¿Puede darse mayor arbitrariedad de injusticia? ¿Hay derecho humano para que yo mantenga a los que van a proteger a un particular? Si viniese cargado de alguna comisión al servicio del público, santo y bueno, pero, de otros modos, hay más grande abuso? Porque no los mantenía en la posada. Ay, amigo, alguna consideración habrían de guardar los alcaldes con un servil tan neto, y los vecinos de Bornos debían darlo todo por bien empleado cuando lo que soportaban era en obsequio de tal personaje.


Ayer anduvieron corriendo a un ternero por el pueblo, muy engalanado de cintas; habiendo preguntado qué significaba esta algazara, me respondieron que se casaba un arriero con una moza de Bornos. Sea enhorabuena. No te puedes figurar qué poca aprensión hay aquí en esto de los casamientos. La miseria no les arredra. Se casan en pelota (digo en pelota parque piden la camisa prestada para casarse) y luego rabian de hambre que es un contento. El modo que tienen aquí de enamorarse es muy singular. No gastan el tiempo en escribirse cartas porque ni saben leer ni escribir ni aun cuando lo supiesen tienen dinero para gastar en esa tontera. La costumbre es ir a la puerta de la casa de la Dulcinea bien entrada la noche. El hombre, por el lado de afuera, se tumba a la larga boca abajo. La querida hace lo mismo por dentro y en esta postura tan cómoda como decorosa se quedan patullando las horas enteras por la rendija de la puerta.


Los amantes de mayor categoría, como son los arrieros y hortelanos, suelen dar músicas a sus queridas en las vísperas de algún día de fiesta. Estas músicas se reducen a cantar algunas coplas compuestas por el novio o algún poeta bornés amigo suyo, acompañadas de unas castañuelas y cuando más más de una ronca y destemplada vihuela. No puedes imaginarte la importancia que dan a todo esto los borneses.


El hijo de la tía Isabel, de quien te tengo ya hablado, se metió también a dar una de estas músicas a una que la llaman la Orejona y que pasa por una de las más feas de Bornos. La familia lo tomó a mal, y al día siguiente, él y uno de los hermanos de la ninfa, tuvieron un desafío a pedradas.


Sin embargo, de todas las bodas que se han celebrado desde que estoy aquí, ninguna ha llamado tanto mi atención como la del escribano. ¡Imagínate tú un hombre de ochenta y cuatro años cumplidos, dulcemente unido a la coyunda de himeneo con una niña de diez y siete! Lo más gracioso es que la tal niña es sobrina suya y que le ha costado un triunfo sacar dispensa del papa, pero ¡qué no puede el dinero! Algunos amigos del escribano y el vicario trataron de disuadirle de una boda tan disparatada, mucho más cuando tenía hijas que podían ser abuelas de la dichosa novia (2.- La hija mayor tenía cuarenta y seis años cumplidos. Nota de Trueba.).


El amoroso viejo a todas estas observaciones se hizo sordo y se contentó con decir al vicario, una vez que éste le atosigaba demasiado: -Por Dios, sr. vicario, no quiera Vmd. precipitarme a un desliz. Yo me conozco. No me puedo contener.


Por fin se casaron y aun dicen ahora que la novia está embarazada. El estarlo la tiene mucha cuenta o si no cuando se muera el vejete tendrá que ir a la calle, conque ya ves tú si la chica cuidará en tener un hijo por fas o por nefas.


Este maldito escribano es el hombre más feo que hay en el pueblo; tiene un ojo vecino inmediato de la cabeza, dos dedos más alto que el otro que habita en el carrillo izquierdo. Apenas puede con las bragas, le tiembla hasta la voz, la cabeza está diciendo siempre que no, y arroja más flema ¡por aquella boca que la que necesito yo para vivir en paz en Bornos.


No puedo concluir esta carta sin contarte un paso que le sucedió a este camastrón y a su dulce mitad. Un día salió la niña a pasear en borricos con el padre fraile jerónimo, rolliza, alegre y decidor. Tomaron el camino de Espera, pueblo inmediato a éste, encargando al escribano no se sobresaltase por su ausencia. Este consintió en todo, bien persuadido que en ninguna compañía podía estar mejor su mujer que en la de un reverendo.


La tarde se pasa, empieza a anochecer, y mis viajeros no vuelven. El escribano empieza a perder el sosiego y casi, casi se determina a ir a Espera. En esto, sobreviene una lluvia. No importa; el valiente caballero monta sobre un infeliz caballo, a quien por su edad y achaques había dado su retirada, y sin decir oste ni moste, a pesar de la lluvia y de la noche que se acercaba, se dirige hacia Espera con admirable intrepidez. Dejémosle caminar por uno de los peores senderos que hay en estas cercanías y trasplantémonos de un golpe a Espera.


Aquí estaba nuestra Dulcinea en compañía del fraile y un capellán amigo de éste, regalándose con una especie de merienda o cena que pagaba el último y soplándose buenos tragos de pajarete. El vino operó maravillosamente, de modo que la algazara fue tan grande que, al apearse el escribano. en el pueblo, lo primero que hirieron los oídos del buen hombre fueron las carcajadas de su mujer y sus dignos compañeros.


Estos estaban en la sazón haciendo un excelente panegírico del pobre viejo, y su mujer acababa de brindar a su salud, cuando hete aquí que la puerta se abre de par en par y mi hombre se les presenta delante, calado de agua y casi exánime por el cansancio y trabajo que había sufrido en el camino. Al ver esta visión, los reunidos, lejos de desconcertarse, redoblaron sus bromas y risotadas, dieron un trago al marido para animarle, y se sentaron otra vez a la mesa. Como ya era muy entrada la noche, no se pensó en volver a Bornos, sino en proseguir la gresca y alegría. En seguida se acomodaron como pudieron y se echaron a dormir, los unos ahitos del vino y el otro rendido por el cansancio del camino.


Al día siguiente se despidieron del jovial capellán y, mi escribano, su esposa y el bueno del fraile, volvieron a Bornos en grande amor y compaña. El escribano desde entonces está muy contento, pues observa que su mujer escupe, lo que sin duda atribuye a una preñez.



1 comentario:

Anónimo dijo...

leyendo esta carta ya no me creo nada de telesforito, es pura literauta. Para el todos los que no comulgaban como el eran lo mas feos del pueblo. Los mozos de entonces le tenian que haber dao un palizon bueno o mandarlo pal cruce jaaa