miércoles, 18 de enero de 2017

La cigüeña de Bornos


LA CIGÜEÑA DE BORNOS

Voy a sacar de mi carpeta de recuerdos, viejos recuerdos, un trozo de un trabajo periodístico sobre el jardín del Castillo que escribió un día, con mucho cariño hacia nuestro pueblo, el famoso periodista ANTONIO DÍAZ CAÑABATE, que recaló en Bornos, procedente de la Sierra, un 27 de Marzo de 1961, sobre el mediodía. Hacía ya calor y, antes de comer, quiso hacer una visita al jardín. Tuve entonces la suerte de que, uno de sus acompañantes, me lo presentara y, al verme ante una personalidad arrolladora, a mis veinticuatro años, no supe hilvanar dos frases seguidas y, como pude, me despedí. La persona que me lo presentó me dijo más tarde, que se quedó sólo en el jardín y los demás marcharon a comer y allí lo esperarían.
Y aquí comienza la historia. El título lo entenderán muchos antiguos alumnos de la Graduada San Fernando, que ya estaba instalada en El Castillo desde 1.957.



Es el caso que en el Jardín campaba por sus respetos una cigüeña que no se había unido al grueso de sus compañeras en la migración a tierras africanas y llevaba ya al menos dos años viviendo permanentemente en tan hermoso lugar. La gente se había habituado a su presencia y la cigüeña también, de forma que, en el pueblo, a nadie le extrañaba.

Nuestro periodista se sentó en el merendero, ensimismado en sus pensamientos, cuando descubrió que una cigüeña recorría la parte alta del jardín. Pero será mejor que él mismo nos lo cuente:
"…Una cigüeña paseaba por sus senderos. No se asustó por mi presencia. Andaba con pasos largos, pero lentos; andaba con gravedad, como ensimismadaza en sus graves pensamientos. Volvió la cabeza para mirarme. Nada, una miradita de curiosidad femenina. ¿Sería un cigüeño, sería una cigüeña? Por las trazas de su ensimismamiento más parecía macho que hembra. Por su mirada, más hembra que macho. Nunca había visto a estas aves zancudas tan cerca. ¡Bella su estampa! Su largo pico, de un color rojo muy lindo, armoniza perfectamente con la prestancia de su cuerpo y la finura de sus patas. De vez en cuando agachaba su cabeza. De vez en cuando la levantaba. De pronto se detenía. Permanecía unos instantes como indecisa. De pronto arrancaba a andar. Iba y venía por los senderos con el reposo de un monje que lee un devocionario en la paz del claustro. De lo alto de la torre de la iglesia vecina se percibe un ruido seco y fuerte. La cigüeña se detiene. Lo oyó con atención. Es un cigüeño, pensé. Ha oido la voz de su compañera, que lo reclama. Sí desde luego es un cigüeño, porque ha oído el reclamo y, desdeñándolo, ha continuado su caminar pausado y meditabundo.. Suena una campana. En la quietud del cielo, sobre el jardín, una cigüeña vuela, planea, describe círculos. ¿Qué hará ahora la paseante? Porque no cabe duda de que la otra viene a buscarla. Pues no se inmuta. Está frente a un rosal deshojado. . Alarga el pico; con mimo lo acerca a la planta y, como un jardinero afanoso en su cuido, lo picotea. Y sigue solemne su pasear. ¡Qué extraña cigüeña! Se echan de menos sus dos manos enlazadas en la espalda para semejar al juez de Bornos, que va meditando el intríngulis de árdua sentencia. Sigue el clamor de la campana. Toque de Ángelus. Sigue el planear de la cigüeña voladora. Sigue el desdén de la cigüeña paseante en jardín. Me emparejo con ella. Ni me hace caso. Me decidí a caminar a su vera. ¡Rara resultaba la cosa: pasear en el jardín del Palacio de los duques de Medinaceli, a la hora del Ángelus, en compañía de una cigüeña! ¿Quién puede presumir de otro tanto? No, nunca olvidaré este atardecer de Bornos. Me quedé un buen rato más mano a mano con la cigüeña. Las primeras y tímidas sobras nocturnas iban envolviendo al jardín. Del pueblo llegaba el señorío del silencio. En esto, en lo alto resonó un ruido seco y fuerte. La cigüeña planeadora se impacientaba. Quizá se enfurecía. ¿Sería el macho? El macho era porque mi acompañante pegó un brinco, me lanzó desdeñosa y altiva mirada y salió volando; se emparejó en los aires con la otra y, ¡adiós muy buenas! Me quedé con un palmo de narices.


De Bornos me llevé el recuerdo de la extraña cigüeña. De Bornos me llevé el recuerdo de sus calles, como pasillos de un palacio. De sus jardines recónditos, tan bellos, donde pronto florecerá el damasco, ese árbol, variedad del albaricoquero, que en Bornos produce unos frutos tan dulces, tan sabrosos, como la prosa de "Fernán Caballero" que resplandeció como un mediodía de Agosto en Bornos, la señorial. "

Esta es parte del artículo que dedicó a Bornos el eminente escritor y periodista Antonio Díaz Cañabate. Nació y murió en Madrid (1898-1980). Espero que os haya gustado. Hace falta mucha imaginación para escribir esta página teniendo como protagonista una cigüeña, que sólo tenía de especial el haberse enamorado del jardín de Bornos, del que hizo su morada para el resto de su vida.

A. Rodríguez Hidalgo

8 comentarios:

Manuel dijo...

Gracias, amigo Antonio, por darme la oportunidad de leer el hermoso artículo, que sabía que existía, pero que ausente yo en época de internados, nunca tuve la ocasión de saborearlo.
Bornos, siempre protagonista de las inquietudes de gente de bien que con sus aportaciones lo inmortalizan.
Un cordial saludo.
Manolo Arias.

Miguel Angel Aguaera dijo...

¡Quién fuera cigüeña, para poder morar, aunque fueran unos diitas en Bornos!. Como se puede comprobar, a traves de este artículo tan precioso, que nos muestra el amigo Antonio Rodríguez, y de otros muchos escritos por afamados personajes, a excepción del reprimido Trueba y Cossio, todos son parabienes, para Bornos y su gente, algo tendrá...

CARO dijo...

Maravilloso relato, por esa epoca existian animales diversos en una especie de chiquero que existia en la parte alta junto a los patos.
Por cierto los acompañantes que hicieron? se comieron el abajao y la berza o todavia estan esperando que el Cañabate termine su romance con la zancuda.
Gracias ha sido bonito de leer.
Un saludo

Cemanué dijo...

Encantador relato tito !!

Tu sobrino J.M.

Anónimo dijo...

Qué bonito, no lo había leído nunca.

A. Benítez.

Rosa dijo...

!Que bonito relato Antonio!. No es de extrañar , que cualquier persona, de cualquier generacion,que haya osado `poner sus pies en Bornos, tenga la facilidad con la pluma, o la foto o los recuerdos, de expresar tanta maravilla que produce visitar un lugar tan entrañable. El sonido de las cigueñas en los nidos que ocupaban cada año el la Iglesia y la ermita de la calle Granada, son tambien parte de mi niñez, !lastima que yo no sepa decirlo tan bonito como lo siento en mi interior, menos mal que hay personas que si y asi podemos disfrutar los demas. Un saludo. Rosa

Anónimo dijo...

Además que no es broma, que Díaz- Cañabate está considerado el escritor madrileño costumbrista más destacado del siglo XX. Un orgullo. Estamos rodeado de arte.

A. Benítez.

Anónimo dijo...

Bonito relato, lo estaba leyendo, y me parecía estar en el jardín viendo a la cigueña dar sus paseos y escuchar todos los sonidos que tan bien se desacriben.
Saludos Mª Luisa E.E.