viernes, 6 de septiembre de 2013

Cartas Bornesas, 6ª.

Cartas Bornesas, Carta 6ª.
Telesforo de Trueba y Cosío
Obra varia
Estudio preliminar:Salvador García Castañeda.
Servicio de Publicaciones, Universidad de Cantabria.
Santander Junio de 2001.
Transcripción: M. Martel.

La tía Isabel es una vieja de 72 años que nos trae el agua y nos hace los mandados en casa. Esta mujer es la quinta esencia de la miseria. Su cara escuálida, sus ojos metidos en dos cuévanos, la falta de dientes, su mucha edad, su astrosa desnudez y la debilidad que devoran la poca carne que aún queda pegada a aquellos tristes huesos, son propios a despertar la compasión de los más insensibles. Al segundo día que se presentó en casa, el sumo asco que nos inspiraba, unido a un poco de caridad, nos movió a vestir aquel esqueleto ambulante. El gozo que experimentó al verse en figura humana, no es fácil de describir y al principio pensamos que sus demostraciones de gratitud eran sinceras. Después, con motivo de mayores favores que la hemos hecho, hemos tenido ocasión de persuadirnos de cuán infundados eran nuestros pensamientos.
Esta mujer gana un cuarto por cada cántaro de agua, tiene un hijo y una nieta que mantener, diez reales de casa que pagar, conque calcula cuántos cántaros de agua tendrá que echar para subvenir a la prima necesidad del día, el pan.
A las tristes relaciones que esta mujer nos hacía de sus sufrimientos, no dejábamos de admirarnos cómo semejantes personas podían vivir. Después nos hemos convencido que la última miseria es el estado que les conviene pues son incapaces de proporcionarse la menor mejora ni agradecerla cuando la reciben.
El hijo de esta mujer, después de haber estado sudando en las eras del triste jornal de dos reales diarios, había ahorrado veninticinco con el ánimo de ponerlos a un lado. En esto viene la contribución del consumo, se hacen las cuotas, y los prudentísimos alcaldes cargan veinte reales de contribución a la vieja. En balde trata ésta de expostular, les hace patente su miseria (que ellos conocen tan bien como ella), nada les mueve y los buenos vasallos no deben quejarse aunque les quiten la vida.
Los veinte reales son arrancados al infeliz. Es aquel poco dinero que había ahorrado quitándoselo de la boca, aquel dinero que le había costado tanto trabajo ganar.
¿Qué tal? ¿No es ésta una de las dulzuras del régimen absoluto? Los sres. alcaldes, sabiendo que algunos de los pobres vecinos, impelidos de hambre, se negaban a pagar la contribución, tomaron el expediente de cobrarlo por medio de los que los empleaban, de modo que cuando al fin de la semana iban a perdir su salario, se encontaban con que estaba embargado por la justicia para pagar la contribución.
Hubo un poco de descontento pero al momento se calmó. Si lloviesen albardas se las pondrían. ¿Qué se puede esperar de estos hombres? ¿Cómo lisonjearse que llegen jamás a ser liberales? Sufren las vejaciones más exorbitantes, ven, al mismo tiempo que ellos están pereciendo, a esos frailes rollizos señoreándose por el pueblo, ven que a ellos, moscones holgazanes, no les toca ni les tañe la miseria general que oprime al pueblo, y lo aguantan; y aguantarían cien mil azotes sobre un burro si el vicario creyese conveniente ordenarlo.
Amigo, desengañémonos. Si a estos hombres no es capaz (sic) de moverlos ni hacerlos abrir los ojos injusticias notorias contra todo derecho humano, ¿cómo es posible que puedan convencerse por teorías y discursos que no están en estado de comprender?
Un remedio nada más había para salvar a la patria, y una mal entendida compasión le hizo abortivo. Nos perdimos y, si volvemos a levantar cabeza, estoy casi por decir que ni siquiera la triste experiencia nos enseñará, y continuaremos en ser tan tontos como siempre, ocupándonos de mil insulsas pequeñeces, de quimeras sobre cuestión de nombres, de intereses mezquinos y de envidias personales antes de atender a los graves males del común y a aplicarlos el remedio.
Pero, hombre, ¿qué diablos estoy diciendo? En Bornos, y me pongo a políticas. ¡Vaya! Si esta carta la recogiese el bendito vicario ¿qué algazara se armaría en todo el pueblo!
¡Con qué piadosos impulso de celo y religión se disputarán los buenos borneses la gloria de descuartizarme! ¡Qué Te Deum se cantara por un triunfo tan glorioso para la santa religión! ¡La muerte de un hereje!
¡Miserables! ¡Cuán engañados están! ¡Lástima y compasión causa vuestra ignorancia! Pero, ¿qué digo? Yo deliro. Cuando el hombre llega a un estado si no inferior, al menos paralelo con el bruto irracional, no merece piedad y sus vejaciones son justas como castigo por haber degradado su naturaleza hasta tal punto y escuchado antes las pasiones que los impulsos de la razón y voluntad con que el hombre nace dotado.
Adiós que me voy a pasear pues tengo la cabeza como un tambor. Son las siete de la tarde y es hora de salir a tomar el aire, pues lo demás es salir a tomar el infierno.
No cabe duda que el uso a corrompido el verdadero nombre de este pueblo, sustituyendo una B a la H pues, sus fundadores previamente debieron llamarle Hornos, siguiendo una ley de analogía.



R 5 de octubre de 2008

1 comentario:

Anónimo dijo...

He querido reslatar un parrafo, pero es la carta la que habría quen subrayar ¡Qúe poco ha cambiado mi Bornos!
UN MONUMENTO PARA TELESFORO ¡YA!


"y continuaremos en ser tan tontos como siempre, ocupándonos de mil insulsas pequeñeces, de quimeras sobre cuestión de intereses mezquinos y de envidias personales antes de atender a los graves males del común y a aplicarlos el remedio"

"¡Miserables! ¡Cuán engañados están! ¡Lástima y compasión causa vuestra ignorancia!"