sábado, 9 de septiembre de 2017

Cartas Bornesas, 9ª.

Cartas Bornesas, Carta 9ª.
Telesforo de Trueba y Cosío
Obra varia
Estudio preliminar:Salvador García Castañeda.
Servicio de Publicaciones, Universidad de Cantabria.
Santander Junio de 2001.
Transcripción: M. Martel.


Acaba de suceder aquí una aventura que a mí me ha llenado de horror pero que este pueblo sencillo, religioso y servil ha mirado con la mayor indiferencia. Por la relación que te voy a hacer, verás cómo resplandecen la virtud y la justicia en los inocentes pueblos de campo; la virtud y la justicia que, según dicen, se han ausentado para siempre de las ciudades donde reina sólo la corrupción.

Había en este pueblo un hombre conocido por la perversidad de sus costumbres y la ferocidad de su carácter; entre otras buenas acciones que le habían proporcionado una muerte ignominiosa, la más conspicua era el asesinato que venía de cometer en la persona de su querida, acto continuo de haberla gozado. La justicia, por humanidad o qué sé yo por qué otro motivo, en vez de mandarlo al otro mundo, se contentó con mandarle a Ceuta. Al cabo de dos años, este monstruo, cansado del clima de África, tomó el expediente de escaparse y volver a su tierra. Así o hizo y, héte aqui que, cuando nadie lo esperaba, este hombre se presentó en Bornos. Los alcaldes lo saben, le ven y, en vez de apoderarse inmediatamente de su persona, le dejan campar por sus respetos, proporcionando por medio de semejante impunidad armas para proseguir en sus delitos. Tenía este delincuente una hermana casada con un vecino pobre pero honrado y que estaba continuamente fuera de casa a cortar leña.



El presidiario da en perseguir a su hermana con proposiciones deshonestas y, sea por temor o voluntad, por persuasión o por fuerza, el hombre llegó a satisfacer su pasión brutal con harto sentimiento del marido, que no dejaba de sospechar lo que pasaba. Al fin, las cosas se hacían tan a las claras que el pobre marido, cansado de tanto sufrir, se quejó al alcalde, pero este señor miró el asunto como quien mira llover y las cosas siguieron in statu quo.

Como todo cansa en este mundo, mi amoroso presidiario se cansó de su hermana y dirigió las miradas hacia su sobrina mayor, moza muy joven, rolliza, bien parecida y, por todo estilo, bocado apetecible al paladar de su tío.


Este nuevo incesto acabó de apurar la paciencia del cuñado quien volvió por segunda vez al alcalde, pero teniendo su embajada el mismo éxito que la primera, el infeliz se vio en la precisión de quedarse en casa con prejuicio de sus intereses. Con todo el cuñado, que siempre estaba aguardando la ocasión, no cesaba de rondar la casa llegando su insolencia hasta el grado de amenazar al marido.


En esta coyuntura, se veía éste precisando a salir por la noche a cortar leña. El cuñado lo sabe y a eso de las once se dirige al teatro de sus proezas amorosas pero se halla con la puerta cerrada y por más que jura y perjura, no se abre. El marido, que estaba dentro, contrario a la expectacion de su cuñado, cansado por fin, sale a la puerta y le dice que se vaya. A esta demanda, el otro responde con una pedrada.


El marido exsasperado, coje un palo, le sigue, le da, le atolondra, y sacando una navaja con un par de heridas le quita con la vida todo deseo lujurioso.
Cometida esta muerte, el hombre se presenta al alcalde, le refiere lo sucedido y, entregando la navaja ensangrentada, exclama que él se había tomado por la mano la compensación que la justicia le había negado y que ahora podían disponer de su persona como les diese la gana. Fue inmediatamente puesto en la cárcel y se le está haciendo juicio.
Esta tragedia sucedió en la calle ancha inmediata a la de san Jerónimo donde vivimos. Tuve la curiosidad de ver el cadáver que aún en la muerte conservaba el aspecto de ferocidad que le distinguió cuando animado.
Yo me volví pronto a casa, haciendo reflexiones sobre una serie de crímenes tan enormes y extrañado que el sr. vicario y el otro reverendo predicador que tanto encono mostraban contra los liberales, no parasen su atención en algo tan digno de ella. Luego supe que el monstruo del presidiario era un servil neto. Eso es otra cosa, dije para mi coleto; mientras uno sea amante del trono y del altar y mientras declame y jure exterminio contra todo hereje liberal, poco importa que cometa incestos y asesinatos, que se escape de presidio y que sea el azote y escándalo de la razón y humanidad.


Ahora quiero hacerme a mi mismo una pregunta: ¿Quién tiene la culpa de las desgracias mencionadas? Respuesta: los dos alcaldes. ¿Por qué? Respuesta: 1º. Porque conociendo la vida escandalosa de aquel monstruo y sabiendo que había cometido otros delitos, no le impidieron que cometiese el asesinato de su querida. 2º. Porque una vez cometido, no mandaron al delincuente a la horca y se contentaron con condenarle a presidio. 3º. Porque cuando éste se escapó y con tanto escándalo se presentó en su pueblo no se le echó la mano. 4º. Porque se hizo sorda a las justas quejas del marido. Quiero decir que, en resumidas cuentas, la justicia aparece rea de un asesinato, de una porción de incestos, de la muerte del difunto y de las angustias, la prisión y constante miseria de un desdichado.


Amigo, ¡viva la religión, viva el rey absoluto, viva la justicia de Bornos, y mueran los herejes liberales que quieren reinen las leyes y la razón!


Estos crímenes horribles no se puden perdonar.

R/ 2 de noviembre de 2008

Las Ruinas de Carija (1909)

R 09/09/13



Estatua de ninfa durmiente, variante Virinum procedente de Cartago Nova
que A. García y Bellido relacionó en 1949 con la estatua de Bornos


Extraído de "LAS RUINAS DE CARIJA Y BOLONIA" 
de Enrique Romero de Torres (1876-1956)
Edición digital a partir de Boletín de la Real Academia de la Historia, 
Tomo 54 (1909), pp. 419-426.
Portales: Sección de Historia Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones.


Pag. 419________________________________________________________________________________

LAS RUINAS DE CARIJA Y BOLONIA 

Carija. 

Distante como una legua al Occidente de la villa de Bornos, existe sobre alegre y dilatada colina, un extenso y estéril despoblado, cubierto de multitud de piedras, trozos de mármoles, fragmentos arquitectónicos con borrosas labores gastadas por el tiempo, que son vestigios elocuentes de haber existido en aquellos campos una población romana en época remota.

Un clásico cortijo andaluz, llamado de Carija, tan solo conserva el recuerdo de la antigua ciudad enominada Carissa Arelia, que gozaba el derecho del Lacio y pertenecía á la región de los Túrdidos, y que Plinio y Ptolomeo citan, poniéndola en el Convento jurídico gaditano no lejos del camino de Hispalis á Nebrissa.
En el anverso de algunas de las monedas que acuñó, vese una cabeza de varón mirando á la derecha; y en el reverso un jinete que vuelve al lado izquierdo y á la altura de su espalda la siguiente inscripción: CARISSA,
Hay en otras la cabeza de Ceres vuelta al lado izquierdo, y en el reverso un mancebo montado á caballo con escudo en el

(1) Es muy notable además la presente, porque en ella el nombre gentilicio del padre no se transmite á la hija ; de lo cual hay raros ejemplos,— F. F. 


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brazo derecho, corriendo al mismo lado, leyéndose, entre dos líneas: CARISI.
Las ruinas de este despoblado han suministrado siempre muchos materiales para la construcción de todas las casas de labor que se ven por aquellos contornos, habiéndoseme asegurado por algunos viejos trabajadores del campo que hay entre los cimientos y muros de ciertos caseríos, pedestales con inscripciones. En la puerta del cortijo de Carija existe un enorme sillar de piedra granítica con un bajorrelieve representando un león de gran tamaño, ya sumamente mutilado por la acción de los siglos y los hombres.
También consérvanse lápidas romanas procedentes de este sitio en Bornos (Hübner 1.367 y 1.368)y otra que existe visigótica en la pared de la iglesia mayor de este pueblo, publicada por el ilustre P. Fita (BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, tomo XXIII, pág. 276).

Con bastante frecuencia, los obreros del campo encuentran monedas y muchos objetos de gran interés histórico; algunos de éstos, salvados milagrosamente de la ignorancia y la barbarie, han ido á parar á manos de coleccionistas, aficionados y verdaderos amantes de la arqueología.

Uno de éstos, D. Andrés María Cano, conserva en Bornos, entre otras curiosidades halladas en las ruinas de Carija, una fíbula de bronce, un falo del mismo metal, una aguja, un estilo, un exvoto de mármol figurando un ave en embrión y un curioso y pequeño alto relieve de alabastro con restos de pintura polícroma de 20 cm. de largo por 12 de alto, representando á la diosa Ceres que aparece sentada sobre bases de espigas apoyando la mano izquierda en una cesta de manzanas y la diestra, recogiéndose los pliegues de sus extrañas vestiduras que no parecen romanas. Su ejecución es decadente.

Mucho mejor es una preciosa estatuita de bronce, que mide 0,21 m. de altura y pesa 620 g., la cual donó hace años el señor Cano al distinguido aficionado y diplomático, D. Agustín G. del Campillo. Parece representar á la diosa Venus desnuda, puesta de pie


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en actitud airosa y elegante. Orla su hermosa cabeza el peinado en forma de diadema, bajando luego sobre su nuca y espalda, dividido en tres hermosas trenzas. Extiende el brazo derecho hacia adelante con la mano mutilada, y la izquierda, levantada á la altura de la barba, sostiene un mango que probablemente sería de algún espejo. Esta pequeñita figura marca una época de florecimiento en el arte romano.

A igual período artístico pertenecen dos magníficas esculturas de mármol de tamaño natural, que ornamentando el jardín de su casa posee en Bornos también D. Gabriel García. Dichas estatuas se encontraron en el despoblado de Carija á principios del siglo pasado, siendo trasladadas desde allí al lugar donde se hallan en la actualidad.

Están por desgracia bastante mutiladas y representan dos ninfas desnudas, recostadas sobre elegantes paños. Una de ellas, de líneas más delicadas y modelado más turgente, parece estar en plena adolescencia, mientras que la otra, de igual belleza, pero de contornos más redondeados y cubiertos en parte por ligeros paños, le dan aspecto de clásica matrona.

La primera figura conserva la cabeza aunque rota, mutilada y separada del cuerpo, con precioso tocado de raya en medio y formando con sus trenzas una artística diadema. Sobre los grandes bloques marmóreos que les sirven, de peanas se ven grabados algunos pequeños pescados, y aunque estos todos estaban consagrados á Neptuno, no obstante la Concha marina se dedicó á Venus, así como el pescadito Apua y el Barbo á Diana.

Estas dos esculturas están en venta y ya lo puse en conocimiento de la Comisión de Monumentos de Cádiz, para que viese el modo de adquirirlas con destino al Museo Arqueológico de aquella capital. El ilustrado historiador de Arcos de la Frontera, D. Miguel Mancheño, docto Correspondiente de esta Academia, en su colección de antigüedades guarda diferentes objetos encontrados en Carija; entre ellos, un clavo de bronce, cuya cabeza figura un rostro de hombre con gorro frigio lindísimamente cincelado,


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En el mismo sitio encontró en 1830 el Sr. D. Juan Huertas según refiere el Sr. Mancheño, un curioso anillo sigilario de tierra en perfecto estado de conservación. En el campo del sello se Veían dos rizadas palmas que le servían de gráfila, y un busto varonil admirablemente grabado, abrochado sobre el hombro el paludamentum y cubierta la cabeza con el gorro libertino.

Ya en 1864, el cronista de Córdoba y distinguido arqueólogo D. Luis Ramírez de las Casas-Deza, en el número correspondiente al 4 de Septiembre de la revista Museo Universal, también describía los objetos hallados por aquel tiempo en las ruinas de Carija. Estos eran: un hierro de lanza con dos cuchillas flameacas á sus lados; una especie de alabarda y una curiosa lámpara de bronce, en figura de ave, de cuya cabeza salía una asa para suspenderla.

Como se ve, el despoblado de Carija es uno de los tantos sitios como hay en Andalucía, donde haciéndose excavaciones bien dirigidas, se daría con un filón inagotable de grandes riquezas artístico-arqueológicas.


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