sábado, 2 de septiembre de 2017

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El antiguo recinto medieval amurallado de Bornos....
"Descripción que de las murallas de Bornos hizo el Padre Mariscal, monje jerónimo del Monasterio de Santa María del Rosario, en el año 1731"

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Cartas Bornesas, 2ª.
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Cartas Bornesas, 2ª.


Cartas Bornesas, Carta 2ª.
Telesforo de Trueba y Cosío
Obra varia
Estudio preliminar:Salvador García Castañeda.
Servicio de Publicaciones, Universidad de Cantabria.
Santander Junio de 2001.
Transcripción: M. Martel.


Bornos, julio, 18...
La casa que habitamos pertenece a un padre jerónimo. Este tiene concedido el producto de su arriendo a su querida, que es quien corre con ella. La moza es robusta y bastante bien parecida; el amoroso fraile ya no es un niño pero conserva todavía los fuegos de la juventud. Este bendito sujeto no contento con acumular tantos favores en la persona de su amada, se propuso ainda mais establecerla por medio de un santo matrimonio. ¡Qué caridad! ¡Y luego dirán que no son buenos los frailes! Y ¿ quien te parece que escogió para novio? Precisamente un montañés que, como tú sabes, es el hombre más delicado en estas materias. Con todo, yo no sé cómo el bendito se lo gobernó pero el casamiento llegó a celebrarse con bastante satisfacción de ambas partes, esto es, del fraile y de la novia, pues en cuanto el montañés, metido en su tienda, no estaba muy al corriente de estas transacciones diplomáticas y se casó por casarse, o qué se yo por qué. Ello es que el día de la boda, cuenta la crónica bornesa que el novio estaba sumamente triste y el fraile muy contento y rozagante, tanto que un gracioso de la tierra dijo que su reverencia parecía el novio y que el montañés no era digno de la dicha que le aguardaba.

Refiere también la misma crónica que tres días después de efectuado este virtuoso enlace, el nuevo marido se largó a la Montaña bajo el pretexto de recoger una herencia que lo dejaba un pariente y que desde entonces no se ha vuelto a tener noticia de él. Entretanto que vuelve, el reverendo no ha desamparado a la novia y continúa dándola repetidas pruebas de su particular estimación.

Amigo, es un contento el dar una vuelta por los barrios bajos (también en Bornos hay distinciones) y presenciar escenas de la naturaleza en la sencillez de su estado primitivo, esto es, el ver una porción de personas de ambos sexos engolfadas en la más inmunda miseria, desparramadas por las puertas de las casas, con la única ocupación de burlarse del infeliz que se atreva a pasar por allí en figura de persona decente. una grey de muchachos en pelota que se están haciendo la guerra con barro e inmundicias (en vez de cáscaras de fruta y tronchos pues esto sirve para comer) suspenden las hostilidades cuando pasa la susodicha persona decente para silbarla y seguirla, llenándola de desvergüenzas. La chiquillería de este pueblo es immensa y yo estoy por creer que la miseria y el hambre son favorables a la procreación, sobre todo cuando están escudadas por un par de conventos.

No hay voces para pintar la grosería y atrevimiento de los borneses. Los muchachos y, sobre todo, las mujeres, tienen la laudable costumbre de ponerse a las rejas de los vecinos y ver y escuchar lo que pasa dentro. En vano trata uno con corteses palabras de suplicarles que se vayan, en vano piensa uno intimidarlos con amenazas, a todo esto responden con risas y desvergüenzas y gracias a que no le escupan a uno en la cara, lo que nos ha sucedido a nosotros más de una vez.

En consecuencia de este espionaje, corre la chismografía por el pueblo que es un portento, de modo que el hombre prudente debe cerrar la boca aún dentro de su misma casa si no quiere verse envuelto en el ridículo o expuesto a veces a cosas peores. los forasteros, más que nadie, son el blanco de la burla y las vejaciones de los borneses; basta que uno sea gaditano y con nota de liberal para que esos cuadrúpedos en figura humana crean que todo les es permitido. Los que venden se juzgan con derecho de exigir de ellos el precio que les da la resalada gana. Esto lo hacen con el mayor descaro e impunidad. A mí me ha sucedido comprar una sandía por dos reales que un bornés habia dejado porque el vendedor le pedia por ella seis cuartos. Va uno por una libra de carne y le dan media de hueso y piltrafas. En fin, no hay ley alguna en los que venden pues, como se entienden entre sí, el pobre comprador no gana nada con cambiar y así tiene, mal que le pese , que sufrir estas escandalosas exacciones o pasarse sin lo que intentaba comprar.

Todo esto sucede bajo los ojos de uno mismo y a las reconvenciones que se hacen sólo responden (cuando responden) que si no les gusta que se vayan a otra parte.

Lo mismo sucede con el arriendo de las casas, etc. Tienen el atrevimiento para pedir la cantidad cuádruple y quíntuple de lo que ganan en el pueblo.Catorce reales nos llevaban por la que estaba alquilada en cinco, pero, lo gracioso, es que una mujer que paga dos reales por toda la casa, nos ha subarrendado por tres una pocilga con ínsulas (sic) de cuadra que tiene la misma casa, de modo que paga su alquiler y gana un real diario. Tal vez dirás que esto sucede en todas partes: muy bien, pero ¿dejará por esto de ser una injusticia? Además que los vicios de una gran ciudad son menos perdonables en un villorio (sic), porque éste no tiene conveniencias de aquélla con que establecer la compensación.

Justicia y franqueza no se conocen por el forro. Me preguntarás si hay alcaldes.... si, dos. Pues ¿qué hacen? Vigilar la conservación de sus varas, estar a bien con los del pueblo para que los traten de manera privilegiada, hacer la vista gorda, maldecir a los herejes liberales que todo lo trastornan y hacer la corte al Sr vicario.



El adverbio sic (del latín sic, así) se utiliza en los textos escritos en español, normalmente entre paréntesis, para indicar que la palabra o frase que lo precede es literal, aunque sea o pueda parecer incorrecta.
Se usa cuando se reproducen errores, tipográficos o de otra clase, o inconveniencias al citar textos, para informar al lector que el uso indebido se encuentra en la fuente original y no es obra del que cita.
Bornichos.


R 6 de septiembre de 2008

El antiguo recinto medieval amurallado de Bornos.

Descripción que de las murallas de Bornos hizo el Padre Mariscal, monje jerónimo del Monasterio de Santa María del Rosario, en el año 1731:

"De esta torre o calahorra (1), como las llaman los moros, salía un lienzo de muralla hacia el oriente (2) y a pocos pasos formaron la entrada, que todavía permanece, con sus puertas de hierro y cerrojos correspondientes, y por ellas se entra hoy al palacio que edificó contiguo a esta torre el señor don Fadrique Enríquez de Ribera, primer Marqués de Tarifa. Proseguía esta muralla y ceñía todo lo que es hoy palacio y jardín y pasaba a un torreón, que todavía permanece en la plazuela que llaman de Gallardo.

(3); subía algunos pasos más al poniente (4) y luego se
extendía al mediodía (5) y bajaba por la calle que llaman de la Peña y allí tenía un postigo, que ahora es calleja (6) y llamaban el Postigo Viejo; bajaba la muralla hasta la calle de San Sebastián y de allí volvía a cerrar el castillo, en cuyo recinto dejaba capacidad para más de 150 casas. En todas estas partes permanecen algunas señales de haber habido murallas, en torreoncillos y cimientos; y en la calle que llaman Alta hay, debajo de tierra, muchas salas, minas y aljibes, que hoy sirven de recoger agua, que va conducida, por cañerías fabricadas o encaminadas después, al Convento de San Francisco, habiendo sido antes para proveer de agua al pueblo, quien la participaba con minas secretas que iban encaminadas al Castillo Viejo. Este año pasado de 1728, abierto un aljibe de éstos en la calle Alta, para aclarar las cañerías, me dijeron los que andaban en la obra que habían registrado dichas salas y minas, (para lo cual no embaraza el agua, que está en aljibes separados) y que llegaban hasta la calle de los Arrieros. Por esta causa y arte, con que están estas minas, discurro que no sólo servían para recoger agua y tener ese recurso en un asedio, sino para poder retirarse y huir en un apretado lance".

El año1787, el párroco de Bornos, don Francisco Suárez de la Vega, copió casi a la letra esta descripción hecha por el Padre Mariscal en la memoria que redactó para contestar a un cuestionario que don Tomás López, geógrafo de Su Majestad el Rey, envió a todos los párrocos de la nación española.
Notas:
(1) Actual Torreón del Castillo, en la Plaza Lepanto.
(2) Hacia la Plaza de la Iglesia.
(3) Plaza Orellana y tal torreón ya no existe.
(4) Desde el Torreón de Gallardo -esquina Plaza Orellana y calle Puerto-, hasta más o menos la calle Sobrealta -que no existía-.
(5) Hipotética prolongación de la calle Peña.
(6) Actualmente, cruce de la calle Peña y Luna.





Saludos, A. Benítez.


R 2 de septiembre de 2008