domingo, 26 de marzo de 2017

Los confesores de las monjas de Clausura.

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Os contaré una anécdota Bornicha.
Hace mas de cincuenta años, cuando yo tenía seis o siete, venían al convento de la monjas de clausura, cada dos o tres meses, tres o cuatro monjes jóvenes y con buena presencia, con unas sotanas marrones y un cordón gordo y blanco, para según decían, confesar a las monjas. Se pasaban cinco o seis días en Bornos confesándolas.
Lo cierto es que un día estando yo con otros niños jugando a la pelota en la plaza de las monjas, donde está el convento, me llamaba mi madre desde la esquina de la calle Colegio, donde yo vivía, para que fuera a hacer un "mandao" pero yo seguía pegándole a la pelota. En aquel instante pasaban por allí, camino del convento, los confesores y uno de ellos que oyó a mi madre llamarme, cogió la pelota, paró el juego y preguntó ¿Quien es el Perico?, me cogió por una oreja -todavía me duele- y me llevó donde estaba mi madre.
Esto es un recuerdo -como muchas personas de mi edad se acordarán- para aquellos monjes que en aquellos tiempo pasaban por Bornos y que eran tan simpáticos con los niños que vivíamos por los alrededores del convento, nos daban caramelos y eso para un niños de aquella época era un manjar, los recuerdo con simpatía.
Perico Calderero.
R 26 de marzo de 2009

Bornichos para la La Habana. 1817

R 27/Marzo/2014


Carta- reclamo extraída de la obra de la profesora María Dolores Pérez Murillo; “Cartas de emigrantes escritas desde Cuba”. Estudio de las mentalidades y valores en el siglo XIX.

Carta de Juan Lázaro Mansera a D. Francisco de Torres. La Habana, a 6 de agosto de 1817.  (A.G.I. Ultramar, 336)

El reclamante, comerciante habanero, dice haber escrito a su hermana Inés al pueblo gaditano de Bornos, para que ésta le envíe a dos de sus nietos. La carta a Inés no aparece en la documentación; sin embargo contamos con el testimonio epistolar que Juan Lázaro Mansera dirige a su amigo, Francisco de Torres, comerciante gaditano. En la referida carta se reclama a Jerónimo y a Alonso Pérez Aguilar Mansera Barrios, naturales de Bornos (Cádiz), para que ayuden a su tío abuelo en el comercio de la Habana y también para que se instruyan en la actividad comercial:

“Estimado amigo: con esta ocasión y con fecha 25 de julio escribo a Bornos a mi hermana doña Inés y le digo que me envíe a uno ó a dos de sus nietos, y le prevengo que los ponga en la casa de usted y a su orden, sin más que ella les saque o mande sacar las fés de bautismo de los dichos, que los autorice como es de costumbre, y el gasto de dichos papeles también se lo pida a usted, en cuya virtud, luego que sean (estén) en su casa, quiero que usted les compre seis mudas de ropa blanca a cada uno, y dos casacas de paño de diferentes colores y también para la mar dos chaquetas y dos pantalones, un baúl, un cobertor, y dos almohadas a cada uno, cuidándolos de la comida, y el gasto todo corre por mi cuenta.
También quiero que traigan su licencia y que si puede ser vengan en buque de guerra, bien sea con el contramaestre o piloto de la embarcación, esto lo dejo a su arbitrio, como que tiene algún conocimiento de diferentes sujetos de dichas clases, con el fi n de que vengan con conocidos y tengamos algún alivio en el pasaje, y por supuesto todo corre de mi cuenta, y siendo esto así, luego que salga de ésta para ésa alguna fragata de guerra, le enviaré dinero suficiente, pues las letras de cambio aquí en el día no se hallan, y por tanto, sírvale a usted de gobierno de tener a mi orden sin darle otro destino más que en mi particular los 51 pesos fuertes........
Juan Lázaro Mansera”

               
Esta carta presenta sumo valor etnográfico acerca del digno ajuar que debe acompañar a todo, el que con suficiente decoro, deba emigrar hacia América. Existe una monomanía del comerciante español, andaluz sobre todo, establecido en la Habana, a que sus familiares y protegidos, si emprenden la ardua tarea de cruzar el Atlántico, jamás deben mostrar atisbo de origen humilde o situación miserable. Hay por tanto, un culto a la “moral de la apariencia”.


Vemos pues que esta figura del comerciante va haciéndose cada vez más numerosa en América, por lo que podemos afirmar que este número aumenta no solo por las licencias en las que aparecen inscritos sino porque estos a su vez van creando un germen de futuros comerciantes, constituyendo con el tiempo la sociedad mercantil de la economía cubana colonial e independentista, y a raíz del libre comercio fueron aumentando en número, haciéndose entre España y América el intercambio de bienes y de personas más abundante tras la promulgación del mismo.