domingo, 6 de julio de 2014

Muerte en Primavera. Capitulo II

MUERTE EN PRIMAVERA
El asesinato del Conde del Águila.

CAPÍTULO II.

SU MUERTE.

27 de mayo de 1808. Gran agitación reinaba en Sevilla en ese día primaveral, motivada por la noticia de los sucesos acaecidos el día 2 pasado y que habían costado la vida de numerosos patriotas, encabezados por los heroicos Daoiz y Velarde. Algunos supervivientes de la lucha callejera en Madrid, llegados al
cercano pueblo de Móstoles, movieron a su alcalde a declarar la guerra a Napoleón. Esta lucha pondría fin al llamado Antiguo Régimen, dando paso a otro en el cual nada sería igual.

En nuestra ciudad, desde hora muy temprana, grandes grupos de personas procedentes de todos los barrios llenaban por completo la plaza de San Francisco. El municipio estaba en sesión permanente y, sobre las siete de la mañana, un hombre salido del pueblo y al que siempre se conoció como El Incógnito, pero que en realidad era don Nicolás Tapp y Nuñez, entró decidido en el Ayuntamiento y sentándose entre los regidores habló en nombre de todo el pueblo, consiguiendo que se aprobaran los acuerdos siguientes:

1º.-Dimisión de las autoridades actuales por su manifiesta incapacidad para encontrar soluciones.

2º.- Jurar a Fernando VII como Rey de España.

3º.- Nombramiento inmediato de una Junta Suprema de Gobierno, que se hiera cargo de todo el poder.

4º.- Alianza ofensivo-defensiva con Inglaterra.

5º.- Que el pueblo fuese armado para detener al general francés Dupont, que se encontraba ya en Andujar.

Aprobado todo lo cual, Nicolás Tapp y Nuñez salió del municipio pero no de la historia, confundiéndose con el pueblo que llenaba la plaza..

La Junta Suprema, que a partir de ese momento se hizo cargo de todos los poderes, incorporó en su seno a representantes de todos los estamentos, entre ellos el de la nobleza y, para desgracia del Conde, el de Tilly, su enemigo mortal. En cuanto a la presidencia de la misma, se nombró a don Francisco Arias Saavedra.

Hasta aquí, todo había sido correcto. Un pueblo que no quiere que un ejército extranjero le imponga un régimen, que se levanta contra él y que se resiste

nombrando nuevas autoridades. Por desgracia, ese día glorioso se vería manchado por un crimen tal inútil como odioso.

Entre los grupos que llenaban la plaza, junto a patriotas sinceros, se encontraban algunos malvados, de esos que aprovechan las convulsiones populares para sus oscuros fines y satisfacción de sus rencores personales. Uno de ellos, un oficial retirado de apellido Saavedra, comenzó a arengar a un grupo de desalmados, acusando en voz alta al Procurador Mayor de afrancesado y traidor a la nación. Se apoyaban para ello en el hecho de haber recibido el Conde del Águila días atrás, alojándolo en su palacio a un oficial de

Mariscal Murat, venido de Madrid con instrucciones para las autoridades de Sevilla. Este hecho nada tenía que ver de extraño ya que, por razón de su cargo, tenía la obligación de recibir a tales mensajeros. Sin embargo en aquellos momentos de acaloramiento las palabras del miserable encontraron oídos acogedores. También se decía en la plaza que el Conde había intentado
Influir en sus compañeros de Corporación para el nombramiento de delegados a las ilegales Cortes de Bayona que intentaba reunir Napoleón. ESTO ÚLTIMO SE DEMOSTRARÍA MÁS TARDE QUE ERA INCIERTO. No hizo falta más. La turba de malvados, conducidos por Saavedra, marchó a la casa del Conde cuyo palacio estaba situado en la recoleta plazoleta de Los Maldonados, en el barrio de la Feria. Allanado violentamente el domicilio, se comprobó que su dueño no se encontraba en el mismo. Alguien informó a la turba que a esa hora era costumbre de Espinosa pasear por las afueras de la Puerta de la Macarena. Desgraciadamente el informe resultó exacto. Detenido el carruaje, sacaron al Conde entre golpes e insultos. Asimismo fue conducido por las calles sevillanas y así lo llevaron hasta el Ayuntamiento, donde llegó aturdido y maltrecho. No le valió de nada hacer valer su inocencia.La canalla que le llevaba exigía a granes gritos que fuera juzgado inmediatamente y sentenciado como traidor a la Nación.

El Presidente de la Junta, hombre justo y ponderado, intentó calmar a los manifestantes, prometiendo hacer justicia. Para salvar la vida del acusado, llegó a declararle preso del Estado, poniéndolo bajo custodia del jurado Peroso, también miembro de la Junta.

Pasadas algunas horas, y como no cesasen en sus gritos el grupo de agitadores, Peroso asomase al balcón del municipio acompañado del Conde, pidiendo a los acusadores que tuvieran compasión de aquel hombre, manifestándoles que si prometían respetar su vida lo conducirían inmediatamente al Castillo de la Puerta de Triana, donde aplacar a los perseguidores. Por desgracia una vez más, fue en vano. El jurado cometió la imprudencia de mandar la conducción del preso escoltado sólo por dos alguaciles desarmados. Por la calle Catalanes marchaba el Conde y su mezquina escolta. Tras ellos la canalla. La calle citada hoy la conocemos como Carlos Cañal y Albareda. Los valientes acusadores viendo la pobre escolta y su falta de armamento, se lanzó sobre ellos, poniéndolos en fuga. El Conde a merced de los desalmados fue herido con piedras y bayonetas y como un

animal tratado sin misericordia alguna. Juan Ignacio de Espinosa no era más que un moribundo.

Al llegar a la Puerta de Triana -situada en donde hoy desembocan las calles Zaragoza, antes de Pajería, y Gravina, antigua Cantarranas- sin dejarle respirar siquiera, le acosaron y, pese a que el mísero acusado suplicó a sus verdugos no lo mataran, sólo consiguió le dejaran confesar con un fraile franciscano. Seguidamente una descarga de fusilería acabó con su vida. Y para que nada faltara en su infame hazaña, colgaron su cadáver en el balcón de la parte interior de la Puerta, precisamente en el salón que debería haberle servido de prisión. Allí durante largo rato, la canalla se burló de él, de sus restos y le
arrojaron más piedras.. Cuando tuvieron satisfechos sus malos instintos, se retiraron y jamás se investigaría ni se identificaría ni el crimen, autores e instigadores.

A las doce de aquella noche, un varón piadoso, el Deán de la Catedral, don Fabián de Miranda, ayudado por dos criados, descolgó el cuerpo y, metiéndolo en un modesto ataúd, lo condujo al cercano convento dominico de San Pablo,
donde la Comunidad, por deferencia a la personalidad del fallecido, autorizó su enterramiento. Allí, en el suelo de la primera nave, junto al cancel de entrada, fueron inhumados sus restos. Siguen allí en la actualidad. La lápida que los cubre está sin nombre por supuesto y se lee:

Aquí yace un hombre que pide a todo fiel cristiano que le encomiende a Dios.R.I.P.

Aquel hombre enérgico y bondadoso, que no dudó en luchar contra las injusticias de su tiempo, incluso enfrentándose a su misma clase la aristocracia, en defensa de los humildes, no ha merecido de la ingrata Sevilla ni tan siquiera el traslado de sus restos a una tumba más digna de él. Y lo que  es aún peor:


Su recuerdo se ha borrado de tal forma que, en la actualidad, podrá contarse con los dedos de una mano el número de sevillanos que sepan algo de su vida y de su espantosa muerte.

Continuará...
Joaquín Nogueras

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