domingo, 25 de mayo de 2014

Jornada de silencio

Jornada de silencio
A tanta fiesta de democracia estamos ya
que terminamos ebrios de irrealidades.

Se me hace extraña una jornada electoral tan en silencio… tan callada y extraña como si fuera otro mundo, y no el mío, el que decide el futuro desdichado de esta princesa fenicia, estupro de las más altas pasiones del lácteo astado olímpico, que hoy no es sino la baja cuna de los desalmados…
Se me hace extraño no recordar las viejas consignas, los himnos o los cánticos, las flores rojas bajo las urnas, el blanco tálamo de las ilusiones, la casilla que aguarda, el aspa negra, las fauces abiertas de todos los lobos aguardando a la puerta… el rojo o el azul coronando la noche venidera, los micrófonos tronando en los altavoces, los gritos o los llantos, según el balcón, según la calle, según las banderas… según los muertos que cada cual esconde en alguna de las trincheras que aún no se han cerrado. Que no se cerrarán jamás.
Se me hace extraño y triste. La culpabilidad campa a sus anchas en esta jornada mía vacía de electorado… esta jornada sin reflexiones ni certidumbres de última hora. El aguijón sombrío del silencio infecta mi alma de compunciones tan viejas como mi tiempo. Porque sé, muy en el fondo de esta mañana hermética, de mirada taciturna, que el desencanto no es excusa para este hastío, esta abulia que no me lleva sino a la más terribles de las tribulaciones, la peor de las desazones venideras, la más convulsa de las mareas del desánimo… leja ya de las apacibles aguas en calma de una ataraxia, que nunca llega.
Se me hace triste y culpable el café entre los labios, arañazos de agonía seca en irrisoria sonrisa beatífica, el rictus impasible, la calma instalada sobre la piel incandescente… y todas las batallas de mis ancestros luchando en la pupila, el circo de las altas iras que prende cada uno de los horizontes de mi genealogía. La pupila que no late, que no escribe, que no calla en profundas oleadas de decepción por los caminos errados de mi presente. Que me recuerda que sigo viva por algo… que no estoy cumpliendo.
La sombra del miedo pende sobre las lucernas frías de este mayo que se apaga sin llegar a fin de mes. Me susurra al oído memorias de frustraciones viejas, de batallas por una libertad que no parecía llegar nunca, por el derecho a la voz… aunque haya de ser en forma de voto, de coacción encubierta a bipartidismos mal disimulados, pantomimas cada cuatro años para no perder la costumbre de manada… para hacernos sentir borregos rojos, o azules, o negros una vez más. El blanco no se contempla. El horizonte a manos limpias y bolsillos vacíos, tampoco.
Hoy me pudo el desánimo.
Pero me pudo hace ya mucho tiempo.
Cuando supe que las consignas no eran suficientes… cuando las oleadas masivas de indignación no limpiaron las calles de corruptelas, de sobres negros, de bolsas de basura donde nuestros derechos y nuestra dignidad ardían en piras funerarias improvisadas en los vertederos infames del parlamento. Los derechos cercenados desangrándose por las aceras, calle abajo, para mezclarse, en los tristes remansos del desamparo, con la sangre palpitante de los que cayeron, a viva voz, a corazón en grito, luchando por que todos los que callan, los que se encierran tras postigos y siete vueltas de llave, por los que un día fueron y por cuantos vendrán después… por un futuro posible: en dignidad.
Se fue cuando las últimas gotas de sangre seca se perdieron por los desagües oscuros bajo el asfalto, a la presión de las aguas grises de final de otoño… cuando los púlpitos se mezclaron con los atriles, cuando la individualidad primó sobre el pueblo, cuando la voz se silenció de nuevo, bajo aldabonazos secos de poder, legisladores infames al golpe de maza… al golpe. Siempre el golpe.
Se fue cuando la libertad de expresión corre peligro. De nuevo. Como siempre. Lenguas sajadas y dedos presos, sin pluma, sin teclas, sin horizontes abiertos a la conciencia, al corazón, a las oleadas tristes de la ira… Imposible, ni siquiera, el derecho al pataleo… a la réplica mordaz… al NO aunque no nos sirva de nada.
Se fue.
Cuando vino el silencio.
Cuando llegaron las horas de las consignas.
Cuando volvieron los atriles a las calles, a las esquinas improvisadas, facistoles mal encubiertos de plazas blancas y vocación de púlpito, ovaciones afinadas y dispuestas con total entonación de lecciones bien aprendidas… y el público, siempre el público, adoctrinado, feligrés y creyente acérrimo de las soflamas consabidas, de las mentiras a medias verdades, de las píldoras, que nos doran, ora en blanco, ora en rojo, ora en azul… pero doradas a fin de cuentas.
Llegó el silencio.
Llegaron las cartas a casa.
El sobre sepia.
La indignación bullía bajo la piel.
El desánimo anidaba en el alma.
Una a una, sobre la mesa, yacentes hojas en otoño improvisado, fueron muriendo las promesas nunca dichas, los futuros mal pertrechados, las esperanzas encorsetadas, horas muertas del mañana, las ilusiones y mi derecho a voz…  y voto.
Hoy sólo siento este silencio por una persona: por mi abuelo Antonio. Porque él, como muchas tantas otras personas, luchó siempre por tener derecho a esta voz que hoy me niego. Porque dejó sus días, y su sangre, y su vida, en las manos inciertas de la libertad… y, aunque le fue perdonada, jamás cejó en ese empeño suyo, de ilustrado autodidacta, de ver un mañana en que en España hubiera una democracia REAL, que, por desgracia, aún no hay.
Es por ti que siento mi silencio.
Es por ti que me bulle dentro la conciencia con todas nuestras culpas.
Pero es por ti, y por mí, que siento necesario callar para que jamás vuelvan a robarnos nuestra libertad de expresión.
Porque es nuestro derecho.

Granada, 25 de mayo de 2014.

María Luisa Castro Sevillano.

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