martes, 19 de noviembre de 2013

"Los amantes de Bornos"

 Los amantes de Bornos es el título del Capítulo XXXV del libro Un Boticario Francés en la guerra de España 1808-1814, de Sebastien Blaze de Bury

 
En el mes de Marzo de 1808 un joven botánico y farmacéutico francés, original de la Provenza, es destinado a uno de los cuerpos de ejército que se dirigen a España, todavía como tropas aliadas, aunque no tardará en estallar en conflicto.
Estas memorias comienzan en el preciso instante de su movilización y se extienden durante toda la Guerra de la Independencia, hasta su vuelta a una Francia que está a punto de enviar a Napoleón a la isla de Elba.
Sebastien Blaze es un joven culto que va narrando todas sus impresiones sobre España y sobre los acontecimientos que le tocó vivir. 

 En la capital traba amistad con el librero de su majestad y asiste a la sangrienta jornada del 2 de Mayo, cuya narración sobrecoge por lo dramático de las situaciones que aquel día se vivieron en Madrid.
En julio de 1808 se produce la entrada de Castaños en Madrid y la retirada del rey José, momento en el que Blaze es hecho prisionero y conducido hasta los pontones gaditanos (barcos que eran cárceles flotantes), cuyo viaje describe en todos sus detalles, itinerario y penalidades. En Cádiz la situación para los prisioneros franceses es dramática, sobre todo para aquellos que tienen la desgracia de experimentar las difíciles circunstancias de vida en estos barcos. Hacinados entre proa y popa en buques como el llamado El Terrible, o El Argonauta, El Castilla la Vieja pasaron estos prisioneros años, hasta que fueron muriendo o pereciendo en algunos fallidos intentos de fuga. Finalmente en 1810, cuando las tropas francesas cercan la ciudad de Cádiz, Blaze junto con muchos de sus compatriotas recobran la libertad en una heroica operación de fuga que constituye una página de heroicidad. 

España es para Blaze no sólo el escenario en el que se desarrollan las campañas militares, sino que supone un vasto campo de observación al se abre a su amplia cultura.
Sus lecturas sobre España, como la historia de aquel remedo francés del Guzmán de Alfarache que compuso Lesage con el título de Gil Blas de Santillana, o las leyendas que corren sobre la Alhambra, por citar sólo algún ejemplo, están presentes aunque no condicionan su punto de vista.

 Al mismo tiempo que viaja y combate, (o por mejor decir, cuida de la salud de sus compañeros de armas), observa, relata, describe, reflexiona y va tejiendo un poliédrico texto narrativo en el que la realidad retratada supone la globalidad de aquella España de las dos primeras décadas del siglo XIX. Desde los espectáculos a la cultura, desde la moda al carácter de los españoles, desde las costumbres más acrisoladas, un poco incomprensibles para un galo racionalista, hasta la ceremonia social que constituye la fiesta de los toros, las verbenas…etc. Junto a las dramáticas páginas de su cautiverio en el Cádiz de 1808-1810, nos ha dejado otras deliciosas, que recogen un impagable testimonio sobre la vida cotidiana de los españoles.

Veamos la forma de refrescar el agua:

“El procedimiento usado por los españoles del sur para refrescar el agua es de tal ingenio que merece la pena describirlo. Se crea un corredor en la planta baja, una fila de pequeñas gradas, y se colocan en un hueco que parece un armario sin puerta, sesenta, ochenta, cien tallas, recipientes de barro poroso, poco cocido y sin barnizar se colocan en fila en los diversos estantes del tallero; parte de las calorías que guarda el agua con la que se ha llenado los recipientes se escapa por los poros de los mismos. El corredor, abierto por ambos extremos y refrescado continuamente por las corrientes de aire,  favorece esta evaporación y el agua adquiere en poco tiempo una temperatura muy fría. En el momento de la comida se vacían en las jarras de agua una veintena de estos recipientes porosos, de tallas, que se vuelven a llenar para volver a tomarlas de nuevo para utilizarlas de nuevo cuando se hayan vaciado todas las demás.  En todas las casas de Sevilla hay un tallero en el patio o en el corredor.”

Las corridas de toros en aquella Sevilla iban precedidas del festejo público del encierro que entonces se celebraba de madrugada. El pueblo se levantaba a eso de las dos de la mañana para acudir a ver la llegada y encierro de los toros en la plaza. La fiesta se prolongaba porque uno de los toros era entregado para regocijo de la concurrencia.

Nos dice Blaze:

“Mientras llegan los toros, es un momento propicio para la burla o las conversaciones con las vecinas, porque también las mujeres van al encierro. Los más bromistas lanzan granizadas de tierra; otros no temen demostrar su incivilidad o mal gusto hacia el público, lanzando un gato muerto o cualquier otro objeto repugnante sobre esta multitud apiñada, y se produce la carcajada general.”

El carnaval, las casas de juego, el teatro, son otras tantas diversiones sobre las que se extiende Blaze, pero también alude a la devoción de los españoles no exenta de espectáculo público. La Semana Santa sevillana, la ceremonia del rezo cotidiano del rosario, las ejecuciones públicas revisten también elementos de espectáculo.

“En cada esquina nos topamos con una pequeña procesión, el rosario, que se reza cada día al caer la noche; todas las iglesias tiene el suyo, así que podemos encontrarnos hasta cuatro o cinco grupos en la misma tarde. Estas procesiones se componen de una docena de hombres que llevan fanales muy altos, precedidos por un sacristán que hace sonar una campanilla. A continuación vemos a un individuo que lleva en la mano un fanal y un cepillo, y en la otra un bastón redondeado que termina en una bola de madera, del tamaño de un naranja. Este hombre va golpeando con la bola en todas las puertas, al tiempo que grita con una voz lastimera: “¡Las ánimas!” La dueña de la casa baja, deposita su ofrenda en el cepillo, y el solicitante se retira para continuar su ronda.”

El libro de Sebastien Blaze de Bury, Un Boticario Francés en la guerra de España 1808-1814, constituye una de las fuentes más citadas por el profesor Manuel Moreno Alonso en su magno estudio de reciente aparición  La verdadera historia del asedio napoleónico de Cádiz 1810-1812 .

MANUEL MORENO ALONSO.
http://editorialtrifaldi.blogspot.com.es/


Así contaba Sebastien Blaze en primera persona cómo vivió algunos episodios de la ofensiva francesa de octubre de 1811:
Poco tiempo después, la división del general Godinot (…) se dispuso para ir al encuentro del ejército de Ballesteros. Nuestro jefe no fue advertido de ello hasta la víspera. Era necesario que un farmacéutico siguiera a esta división. (…) Me echaron el ojo y el 23 de septiembre de 1811, a las siete de la tarde, recibí la orden de marchar con la división el 24 al despuntar el día […] .
El 24 de septiembre partí con la división y pernoctamos en Utrera; el 25, en Bornos; el 26 en el campamento en la venta de Prado del Rey, y el 27 en un campamento a una legua de Ubrique. Como el general no tenía intención de ir más lejos antes de haber reunido a todo el mundo, volvimos sobre nuestros pasos y llegamos a Bornos el 29 por el mismo camino.
En Bornos, que estaba en poder de los franceses en aquellos momentos, Sébastien Blaze se dedicó a galantear a todo lo que llevaba faldas. Aquí se desarrolla el capítulo de su libro que vamos a reproducir.


Un Boticario Francés en la guerra de España 1808-1814
 Sebastien Blaze
CAPÍTULO XXXV. LOS AMANTES DE BORNOS





































Continuará...

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