martes, 18 de julio de 2017

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Continuación de

LA VANGUARDIA. 18/07/1926

Lamentable estado de pobreza en Bornos, 1926.


El caso de Bornos
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Continuemos el comentario sobre «El caso de Bornos», puesto a luz por la nota de su alcalde y del artículo de Luis Bello, publicados en la prensa madrileña.
Ellos nos han dicho que la Naturaleza ha sido pródiga en toda clase de dones con el gaditano pueblo de Bornos; pero que la mayoría de sus 7.000 habitantes, a pesar de esos dones espléndidos, «atraviesa un lamentable estado de pobreza». Y todo español amante de su país y deseoso de contribuir al progreso de éste y al bienestar de sus conciudadanos, se pregunta, a la vista de esos dos datos contradictorios : ¿Por qué aquellos infelices habitantes de Bornos --labriegos de quienes Costa dijo que su desdicha consiste en que durante toda su vida, un año tras otro, no ven anochecer un día en que se encuentren hartos de pan -- viven miserablemente un en país con quien la Naturaleza ha sido tan generosa?
Esta otra cláusula de la nota publicada por el alcalde, nos pone en la pista de esa causa. «Allí — dice — no existe clase media; allí hay solamente unos cuantos señores con inmenso capital, y el resto de la población vive en un lamentable estado de pobreza.» ¡Ay de los pueblos cuya composición social llega a ese punto, divididos sus habitantes en una escasa minoría de potentados y en una multitud inmensa de menesterosos, a quienes su propia miseria condena a la ignorancia, al dolor y a la desesperación o al envilecimiento abyecto que, apagadas las luces espirituales, confina al hombre en los linderos de la vida animal!

De una composición social así puede temerse todo: el disturbio, la rebelión y el aniquilamiento. De esa composición social surgieron en otro tiempo la «mano negra» y el bandolerismo andaluz; como surgen los agotamientos de la provincia, las emigraciones en masa, la postración de todas las energías de la mente y del corazón, que es forzoso desplegar para que los pueblos ocupen un sitio preeminente entre las naciones, victoriosos en la ruda competencia a que obliga la civilización contemporánea.

Una composición social análoga a esta de Bornos existía en la Rusia de los zares y en el Méjico de Porfirio Díaz. De los peligros que encierra, la historia reciente nos habla con elocuencia. Afortunadamente, la composición social del conjunto de nuestro país no es la del pueblo de Bornos y de otras comarcas extremeñas o andaluzas. Muchas regiones de España conservan aún gran parte de aquella clase media que se formó al través de las vicisitudes y agitaciones del siglo XIX. Y esa clase media, mientras no se ve muy angustiada y afligida económicamente, es elemento de conservación social por excelencia, suficiente para impedir los desmanes y desenfrenos de las masas desheredadas. Mientras haya clase media, hay tregua suficiente para realizar de modo reflexivo aquella reforma de la organización y de la vida sociales que puede conducir un pueblo a la paz verdadera, que es la asentada sobre la íntima satisfacción de los ciudadanos y sobre su sentimiento de solidaridad. Pero aquellas porciones del país donde la clase media ha desaparecido, son partes muertas de la patria que tenemos el deber de resucitar.

Pero ¿por qué no hay clase media en Bornos? ¿Por qué no hay allí más que unos cuantos ricos y un rebaño de míseros braceros? ¿Qué se hace de esas generosidades de la Naturaleza, de esas bondades y misericordias de Dios para con sus hijos de Bornos? ¿Por qué éstas no rinden el fruto necesario para que, pues la Naturaleza ha sido próvida, los habitantes de Bornos gocen, mediante su trabajo, de un suficiente bienestar? También nos lo dice el alcalde y nos lo certifica Bello.
 « Su término municipal es de 5.257 hectáreas, y de ellas 2.012 son del Excmo. Sr. Conde de X.»

X. ¿Qué nos importa el nombre? No se escriben estos comentarios para zaherir a persona alguna, sino para poner de relieve, con fuerza bastante para que penetre en los espíritus, la causa de un mal, y mueva a su remedio; él régimen agrario, que es causa del empobrecimiento de extensas y privilegiadas zonas de la patria, y de la miseria, ignorancia y aun abyección física y mental de parte de nuestros compatriotas, cuyo concurso y fuerzas nos son necesarias para hacer de la España que amamos aquel pueblo y aquel país que llevamos en nuestra mente encendida por el patriotismo.

No importa el nombre. El Excmo. señor conde de X. no es culpable de ese régimen agrario. Probablemente será también una excelentísima persona. Es un factor en un sistema creado por los siglos y que no nos esforzamos en modificar de modo justo y conveniente; aunque él, movido por un sentimiento generoso, renunciara a su propiedad o imitara el ejemplo de algunas otras personalidades de gran relieve social que han distribuido tierras, no remediaría nada mientras el sistema subsista; porque fuerzas sociales muy poderosas trabajan continuamente para reconstruir esas grandes propiedades, y, además, porque la renuncia de unos cuantos de nada serviría; el daño es muy grande; unos terrones de azúcar no bastan para endulzar el agua del mar.

Mas con ese dato ya sabemos, sin duda ninguna, qué es lo que pasa en Bornos y por qué la mayoría de sus 7.000 habitantes, aun queriendo trabajar, y necesitando trabajar, tienen que padecer miseria, sin que estén al alcance de sus manos y de su trabajo las mercedes que Dios les ha prodigado. Es que la naturaleza, a causa de este defectuoso régimen agrario, ha sido generosa, no con el pueblo de Bornos, como dice el alcalde, sino con el Excmo. Sr. conde de X. Es indudable que la intención de Dios fue hacer partícipe de sus generosidades a todas sus criaturas vivientes en Bornos. No se sabe de que Dios estableciera ni en Bornos ni en ninguna parte ningún coto de caza con carteles que dijeran, en nombre del Ser Providente y Todopoderoso, padre común de los pobladores de este valle de lágrimas: «Coto de caza reservado para el excelentísimo señor conde de Tal».

El régimen agrario español no es derecho divino, ni se halla trazado por la mano de aquel Señor ante cuyos designios los creyentes doblan su cabeza e hincan sus rodillas para acatarlos. Cuando las masas socialistas, movidas por el sentimiento de su infelicidad, se revuelven contra la injusticia que sufren y achacan la responsabilidad de ésta a las leyes providenciales, cayendo en la impiedad, en la blasfemia o en el ateísmo, se equivocan, y sobre privar a gran número de seres de aquella suprema consolación que proviene de la fe, inician un camino extraviado para la reforma social. El régimen agrario, repito, no es de derecho divino; es consecuencia de arreglos y disposiciones humanas. No es la obra de Dios; es la obra nuestra, de nuestros gobiernos, de nuestras leyes. Cuando Dios derrama sus mercedes sobre un país, su propósito evidente no es excluir a nadie de la justa participación en el disfrute de «esas mercedes».

Somos nosotros quienes lo hemos arreglado de otra manera. Nosotros lo hemos dispuesto de tal modo, que aquella mayoría de habitantes resulta excluida de ese disfrute; y, como consecuencia de ello, que en vez de ser ciudadanos vigorosos espiritual y físicamente, ilustrados, ardientes en la consideración y defensa de los intereses ds la colectividad a que pertenecen, instrumentos de la humanidad para la conquista de la ciencia, de la cultura y de la justicia, sean, a pesar de las cualidades ingénitas de la raza, lo que son: pobres labriegos sin más horizonte que el jornal del día y cuyo espíritu se levanta sobre las necesidades físicas a poca más altura que el embrionario pensamiento de las reses que ellos apacientan o guardan.

¿Cómo lo hemos arreglado? Bornos nos lo dice de tan expresiva manera que excluye toda posibilidad de ignorancia. De las cinco mil hectáreas de su territorio, cuatro mil son exclusivamente de un dueño, que, ¡Naturalmente!, no es vecino de Bornos ni tiene por qué estar allí. Esa parcela patria de cincuenta kilómetros cuadrados no sirve al bien y la prosperidad de ésta; es decir: no cumple con los deberes que van anejos a cada pulgada del territorio patrio, deberes que corresponden a los que nosotros tenemos para con ella, y al incumplirlos, nos defrauda.

Porque los hijos de Bornos y los demás hijos de España, desde Tarifa al Pirineo, tenemos la obligación de defender con nuestra sangre y nuestras vidas esa parcela, apenas algo o alguien amenace el tranquilo disfrute de su privilegiado poseedor. Y ella, sin embargo, no es instrumento para el bienestar de quienes están obligados a su defensa, sino que está reservada para el deleite y provecho exclusivo de aquel actual poseedor y de sus sucesores por los siglos de los siglos, hasta el enfriamiento definitivo del planeta.

Tal es, por lo menos, nuestro designio. Aunque puede aventurarse la profecía, sugerida por la contemplación de la Historia, de que, acaso, las generaciones venideras no quieran respertar ese designio nuestro, encontrando injusto y hasta ridículo que los efímeros moradores de hoy de esta giratoria esfera lanzada por los espacios, a la cual abandonarán en breve, hayan resuelto para toda la eternidad el destino del planeta, dándoselo en monopolio perpetuo e irrevocable a los descendientes de unos cuantos escogidos actuales, inquilinos de primera clase en la Tierra, de la cual los hombres, por mucho que hagan, no podrán ser sino lo que Dios quiso que fueran simples usufructuarios, a quienes la muerte se encarga de desalojar.

BALDOMERO ARGENTE.





 Compra de las tierras para el Coto, 1940









Obras del pantano 1954






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