viernes, 16 de junio de 2017

Noticias antiguas. La cuestión agraria. 16 de junio de 1902.



"Pancipelados" vocablo feroz que expresa como la costumbre de arrastrase por el suelo para hurtar los frutos del campo o robar ovejas, ha surtido el efecto de enérgico depilatorio.


EL IMPARCIAL, DIARIO LIBERAL
MADRID 16 JUNIO DE 1902

LA CUESTIÓN AGRARIA
Señorío y siervos.- Los obreros de Bornos.- Los arrendatarios.- La casa ducal de Denia.- Declaraciones de su administrador.- Dato importante.

Pronto hará un año que me hallaba yo en Villamartín, centro por entonces del movimiento agrario. La tranquilidad material era completa, pero sentíase ese malestar que precede a los trastornos públicos. No sin esfuerzo habían llegado propietarios y trabajadores a una inteligencia, de la cual todos se hallaban descontentos, pues los labradores procuraban eludir el cumplimiento del compromiso que habían contraído con los obreros  y éstos se quejaban de que se empleasen contra ellos Ira medios coercitivos de que el poder público dispone para mantener el orden, que no turbaban, y garantir el derecho, que respetaban escrupulosamente. Para explicar lo que sucedía, se dijo que la casa ducal de Denia alentaba la intransigencia de los labradores, auxiliándoles con toda la Influencia de que dispone.

Dueña de los términos de Espera y Bornos en casi su totalidad, la casa ducal de Denia tiene dadas en arrendamiento la mayor parte de las tierras y labra por administración las restantes. De ser cierto lo que oí, la casa ducal ejercía poder casi tan grande como en los tiempos que siguieron a la Reconquista, cuando servidores del duque de Medinaceli poblaron la villa de Bornos. Todo inclinaba a creer que el feudalismo medieval persistía en las costumbres y que la posesión de la tierra había conservado anejos los derechos del señorío.

Y como no hay señor sin siervos, dicho se está que se hablaba de los campesinos de Bornos en términos que me causaron espanto. Borrachos, camorristas, vagos, ladrones, conociéndoseles en aquellos contornos con el calificativo de los «pancipelados», vocablo feroz que expresa como la costumbre de arrastrarse por el suelo para hurtar los frutos del campo ó robar ovalas ha surtido el efecto de enérgico depilatorio. ¿Por qué eran malos? Porque siendo pequeño el término municipal con relación al número de habitantes, y escaseando, por lo tanto, el trabajo, la miseria castigaba con frecuencia a los obreros y el hambre les obligaba a correrse por las cercanías en busca de alimento, merodeando cuando no hallaban ocupación retribuida. Fui advertido de que los trabajadores de Bornos se habían moralizado mucho desde que se congregaron en sociedad de resistencia; pero era tan reciente el cambio, que aún tuve ocasión de oír esta frase casi proverbial: «Anda, que eres de Bornos y tienes el pecho pelado de robar ovejas.»

Fueron favorables a los obreros los informes que acerca de ellos me dio el alcalde de Bornos. Díjome que eran buenos; que vivían muy estrechamente, trabajaban en el pueblo cuando en su término hallaban ocupación, y emigraban a largas distancias cuando aquella les faltaba; me elogió su habilidad para al trabajo y confirmó las noticias relativas a los efectos moralizadores de la sociedad de resistencia. Cuanto a los labradores, les acusó de no haber cumplido estrictamente lo pactado para solucionar la huelga reciente, empeñados en hacer cuanto les venía en gana.

Hablé con muy pocos trabajadores, pues casi todos se hallaban en el campo. De mi visita al centro obrero conservo viva la impresión que me produjo la escuela. Allí estaba concentrada toda la actividad. Era grande el número de niños que poblaban las clases  muy limpias y bien ordenadas. Cuando terminé de recorrerlas, llegó el presidente de la Sociedad, un viejecito inutilizado para el trabajo, que ejercía el oficio de buhonero. Me dijo que estaban muy mal tratados y sufrían muchas penalidades; que solo aspiraban a lograr la mejora del jornal y de la comida; que no pertenecían a ninguna escuela socialista, ni querían que en la Sociedad se hablase de cuestiones políticas, y en prueba de su decisión de mantenerse apartados de ciertas luchas, me enteró de que habían sido expulsados recientemente algunos socios porque propagaban doctrinas anarquistas.

Me separé del presidente de los obreros para visitar a sus enemigos. Según mis informes, la villa estaba dominada por una familia de caciques, arrendatarios de la casa ducal de Denia, a quienes se acusaba de que en el campo trataban a los obreros como esclavos, y en el pueblo se conducían como oligarcas faltos de todo freno, el de la cultura inclusive.

Vi al más anciano, el más poderoso, el jefe: Rudo, vigoroso, atlético, su aspecto y sus maneras revelaban al gañan enriquecido por el trabajo. Se expresó torpemente y con violencia que denotaba el hábito del mando que no admite contradicción. Aunque se hallaba enfermo, encontró acentos enérgicos para expresar la interior tempestad que le agitaba, cuando le rogué que me diese su opinión acerca de la cuestión agraria.
-¿Mi opinión?- Dijo- Mi opinión es que esto no puede continuar así; que ahora los obreros piden uno, luego pedirán dos, y entonces no se podrá vivir aquí. ¡Hay que rechazar esas imposiciones. Yo no las aceptaré nunca. Yo dejaré la labranza así que termine mi compromiso con la casa ducal... 

No insistí. El enfermo me inspiró piedad; el representante de un régimen inicuo puso temor en mi ánimo. Su «Non possumus» me causó escalofríos. Nadie me había dicho tanto en tan pocas palabras, reveladoras de que la casta de los explotadores prefiere la muerte a la pérdida de sus privilegios, y que es tanto más feroz cuanto más se aproxima a la casta de los explotados.

Aún me hallaba bajo la pesadumbre de estas impresiones al penetrar en el Castillo, como llaman en Bornos a la inmensa residencia señorial, mezcla, de fortaleza y palacio, habitado por el administrador de la casa ducal de Denla, D. Antonio Jiménez Mena. Le expuse el objeto de mi visita, contestó a mis preguntas en mucha claridad y me dijo  en síntesis:

«Cuando me encargué de la administración en fecha no remota, tuve que enterarme de la situación de los obreros que ya estaban asociados. Pronto averigüé que eran injustas las acusaciones que les dirigían los labradores, arrendatarios de la casa. Pagaban y daban de comer muy mal ä los trabajadores; los trataban inconsiderada y despreciativamente, no sólo injuriándoles de palabra, cosa aquí muy corriente, sino llegando en ocasiones a vías de hecho... Sé de algunos casos en que han echado sobre los jornaleros los caballos sobre que iban jinetes  y les han abofeteado... No tengo noticia de que los obreros hayan tomado venganza de esos ultrajes. Aunque la asociación les prestó su fortaleza, sólo han pensado en mejorar su condición miserable, sin mostrarse hasta ahora exagerados en sus pretensiones.»

«En una de las últimas huelgas, irritados por la transacción a que se vieron obligados, hablaron los labradores de traer obreros de fuera, para matar de hambre a los del pueblo. No pudieron hacerlo, ni se lo hubiéramos consentido. Pero alegando, como siempre que no admitían imposiciones, buscaron y hallaron medios de no cumplir, ó cumplir a medias, lo convenido con los trabajadores. Ahora han hecho otro tanto.»
«La casa ducal no puede evitar Ciertas cosas; pero desde que estoy al frente de la administración, ha mejorado mucho el trato que reciben sus obreros. Empecé por bonificar la calidad del pan, muy malo en Bornos porque aquí se desconoce totalmente la panificación, y dar buen aceite, en vez del pésimo que se guardaba para la alimentación de los jornaleros. Además, se les da todo el año guiso de garbanzos, lo que ha motivado las censuras de los labradores, porque en su sentir no se debe tratar tan bien a los obreros. Que tales censuras son Sencillamente inhumanas, lo prueba el hecho de que la casa ducal no resulta perjudicada; lo que ahorra en aceite, vinagre y pan, y lo que, gana por el mejor trabajo de los obreros, la compensa con creces del insignificante gasto de los garbanzos.»

«Se censura también, y con igual fundamento, que la casa ducal cambie algunas veces el guiso de garbanzos por un potaje de otra legumbre seca, o que añada a aquél calabaza y verduras que, por lo abundantes, habría que dar á los cerdos. Los labradores (Patronos) califican esto de gollerías y protestan contra este cambio introducido en las costumbres, porque, según ellos, así se alienta a los obreros en el camino de la rebeldía.»
«Cuanto al jornal, la casa ha pagado el que pidieron los trabajadores, aceptando sus tarifas...»

Interrumpí al Sr. Jiménez Mena para decirle que había oído sus palabras, con sumo gusto y pedirle que me explicase a qué era debida la acusación dirigida contra la casa ducal de Denla, suponiendo que sostenía la intransigencia de los labradores  y procuraba que las autoridades suscitasen dificultades a las asociaciones obreras. El Sr. Jiménez Mena me enseñó y dio a leer documentos que probaban lo contrario, y me dijo: 

«Los labradores quieren cubrirse con la casa ducal para continuar el régimen que hasta ahora han seguido; pero es lo cierto que la casa se ha mantenido apartada de la lucha entablada entre labradores y obreros, trata a éstos mejor que nadie y les concede cuanto es posible. Mi conducta ha sido aprobada plena por la casa, como acaba vd. de leer en los documentos que te he mostrado, y yo no tengo motivos de queja contra los trabajadores, que se han moralizado mucho desde que están asociados. Ignoro lo que sucederá en lo porvenir. Considero probable algún conflicto, porque los obreros no cejaran en su empeño y los arrendatarios no son gentes fáciles de Convencer. Han vivido tantos años dominándolo todo que se consideran con derecho para no regirse por más leyes que las de su voluntad y su ciego egoismo.»

La conducta de la casa ducal de Denia merecedora de aplauso, es un dato de grandísima importancia para el estudio y resolución del problema agrario, porque demuestra que es posible mejorar la miserable situación de los trabajadores del campo, aun dentro de las actuales condiciones de la producción agrícola.
Cierto que el problema no se reduce a la obtención de esa mejora; pero, de momento, eso es lo más importante, lo de urgente y necesaria resolución: ante todo hay que salvar la raza; hay que evitar que pueda decirse da los infelices campesinos de Cádiz lo que me dijo un médico para expresar a qué extremo llega ya la depauperación de la especie: «¡Son esqueletos frescos!» Lo demás consiente espera, facilitado ya el estudio de las reformas que conviene introducir en el régimen del trabajo esto es, en sus relaciones con el capital. Se halla muy lejano de nosotros un cambio radical da las leyes que regulan el derecho de propiedad.

E. DE LA PEÑA.





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