martes, 27 de junio de 2017

A propósito del Borno africano.


El jinete de Al-Bornú.

Alfonso Vivas García


(A la memoria de Jesús de las Cuevas y de su hermano José, amigos y maestros, que me han inspirado este relato)
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.Ibn al Rashid era un joven fuerte y ágil –un buen guerrero- había dicho de él su padre, Ibn al Aouchí, un muslim de Maiduguri.
Caid (jinete) hábil como ninguno, recorría con su yegua Akima la distancia entre el oasis de Felmú y su casa antes de que el sol se escondiera tras el pico mas elevado de los montes de Mandara y ensombreciera como penumbra polvorienta la región de Al Bornú, su tierra; tierra de viajeros y comerciantes, de caravanas de camellos que desde Nigeria acarrean cereales,vidrios, nueces de cola y telas de algodón. A veces también oro y esclavos y se hacen acompañar por un verdadero ejército de mercenarios libios. Estas caravanas se dirigen hacia el Norte, hacia El Andalus, la tierra septremtionem, la dulce Quivir cantada por poetas y envidiada por los grandes emires mulslimes.
Corría el año 743 de la era cristiana y un día llegaron al Maiduguri un grupo de jinetes. Vestían con ricos ropajes de seda y turbantes de tafetán. Sus cimitarras brillaban al sol como espejos en la arena. Hablaban la lengua del profeta, no como los vecinos de Bornú con su dialecto hausa sudanés , fuerte y seco; gritaban Jihad!!, Jihad!! , Guerra Santa!!, Guerra Santa!!. Eran señores del Norte, siervos de Abú Satar , el XX Walí, primer ministro de Abderraman, que acababa de morir luchando contra los francos en Poitiers, intentando llevar la luz del Profeta mas allá de los Pirineos.
Ibn al Rashid quedó deslumbrado por aquellos guerreros que habían en tiempo conquistado la tierra del norte, la dulce Al-Andalus y a través de toda la Hispania habían luchado contra infieles dejando constancia de que Alá es Dios y Mahoma su profeta, y decidió marchar con ellos.
Los beréberes de Al-Andalus se habían revuelto contra el Omeya de Córdoba y los seguidores del fallecido Abderramán buscan buenos muslimes para sofocar la rebelión. Junto al ejército de mas de diez mil guerreros procedentes de Siria, iban los jóvenes jinetes de los antiguos reinos de Kanem y Bornú. Su piel negra brillaba al sol con el sudor de sus torsos desnudos, como el jade mojado de los oasis del Sahed, y contrastaba con las armaduras y las cimitarras de acero albino de los guerreros sirios.
Ibn Al Rashid fue embarcado junto a sus compañeros y sus caballos en una gran barcaza movida por remeros esclavos godos , hechos prisioneros en las últimas incursiones de Ayyub ibn Habib, wali de Qurtuba. El paso del estrecho fue tranquilo. Las inmensas columnas de Hércules, representadas por el Monte de Djabel Tarik impresionaron a Rashid y en sus cercanías acamparon. Tras tres días de descanso las tropas comenzaron a avanzar hacia el norte. El paisaje era muy diferente al de su tierra: bosques, rios, montañas frente a la aridez del desierto. El primer gran río que divisan es el Wadi-lakka ( Guadalete ) ; es ancho y caudaloso y desemboca formando un gran mar de agua dulce. Varias barcazas formaron un puente sobre el que pasó el grueso del ejército. Durante el resto de los días siguieron la margen izquierda del río y llegaron a Arkos. Su peña escarpada y cortada a tajo los sorprendió. Era inexpugnable –pensaron- y los jinetes Arkeños que salieron a recibirles eran famosos por su fuerza y valor. Tras dos días en el valle de meandros suaves bajo el tajo emprendieron camino hacia el norte. A unas leguas tuvieron que bordear unas colinas abruptas en las que el río formaba un cañón profundo. Ibn Al Rashid y su yegua Akima subieron a lo mas alto de la colina mas alta y divisó una vista que lo conquistó. Una gran llanura luminosa se extendía ante él. Al fondo un macizo montañoso formaba la linea del horizonte dibujando una sierra de bello nombre: Grazalema. Bajo sus pies una frondosa huerta de árboles frutales: naranjos, limoneros, damascos, y todo tipo de arboles frutales, agua en abundancia, caudalosas fuentes que manan de la roca, incluso algunas de aguas termales. Rashid se enamoró de aquella tierra.


Pasaron cinco largos años de guerras fraticidas, de luchas internas que diezmaron a los valientes guerreros muslimes, de derramamiento de sangre islámica que debilitaban poco a poco la fuerza de los seguidores del profeta y hacía que los Reyes cristianos del norte obtuvieran victorias y aumentaran sus territorios.
Ibn Al Rashid estaba cansado, hastiado, herido en su cuerpo y en su espíritu. Muchos compañeros y amigos, habían caido en la lucha. Un buen día con veinte de los suyos decidió volver el edén soñado a las orillas del Wadi-Lakka. Se asentaron en un valle junto a las colinas, convivieron en paz con los antiguos habitantes y le llamaron Al-bornú como su santa tierra africana.
Al-Bornú la tierra del agua, la flor del desierto.
Los caids de piel negra, los hijos de Kanem-Bornú quieren vivir bajo tu protección el resto de sus vidas y morir en tu seno. Su recuerdo perdurará en el nombre sagrado de su tierra para toda la eternidad.

27 de junio de 2008


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Otro cuento, para cuando los niños se vayan a dormir. Que privilegio de ser bornicho. Amigo Bornicho,ojalá se contagie mucha gente con este tipo de relatos. Y entonces empezarán a darse cuenta del beneplácito que se obtiene cuando escribimos alguna cosilla de este tipo, que no solamente se obtiene gratificación al leer. Me imagino que coincidirás conmigo. Un saludo amigo bornicho.
SALUDOS BORNICHOS

Anónimo dijo...

Alfonso... que bonito¡, esto parece sacado de las mil y una noches. Gracias por tu aportación tan instructiva. Me ha gustado.
Chari